Ciudad de México, julio 21, 2026 11:04
Francisco Ortiz Pardo Opinión

EN AMORES CON LA MORENA / España: Retazos de herencia y memoria

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

Desde la herencia del pensamiento crítico del Colegio Madrid hasta la defensa legítima de una doble pertenencia y el festejo compartido.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Uno viaja como quiere y también como puede. Pero esta vez fue diferente. Primero porque lo hice con mi padre, justo después de que estuve con él ahí, en España, hace exactamente 30 años. No recuerdo que en Madrid el oso y el madroño estuvieran en el mismo lugar de entonces en la Puerta del Sol. Lo recordaba con la foto envuelta en los adornos de colores de la Feria de San Isidro del lado de Preciados. Es seguro que yo me confundo, pues así pasa. Y aunque volví varias veces a Madrid en ese lapso, siempre pensé que me lo movieron. Como sea, allí mismo me tomé una foto con él, como la primera vez, así tan turística, porque recordaba aquella ilusión de cuando caminé por la cultura que aprendí de voces por la tradición familiar más dicha en costumbres que en palabras.

Y también porque me formé en el Colegio Madrid y aprendí que esa forma de enseñarnos a pensar críticamente fue heredada de algo muy antiguo de allá, incluso de antes de la Guerra Civil, de la primera república y del Instituto Escuela. Solo por aquello La lengua de las mariposas es una de mis películas favoritas y casi lloro siempre que la veo, y si no lloro es porque no logro llorar. Pero también aprendí de ese pensamiento crítico inculcado en el Colegio que no se puede ser acrítico ni siquiera frente a nuestro propio origen o herencia cultural. Aprendí que del lado del republicanismo no todo era miel sobre hojuelas, porque una guerra es terrible siempre y en ese sentido nunca hay guerras buenas. Y por supuesto, me hice enemigo de los coros ideológicos.

No lo fue por supuesto la Revolución Francesa que, por más que nos la quieran vender como producto los valores universales emanados de ella, hemos visto cómo la igualdad y la fraternidad poco tienen sentido si en Francia perdura un segregacionismo soterrado donde no hay meseros negros en el centro de París pero su selección se nutre de ellos para el orgullo nacional. También están las francoafricanas tendiendo las camas de los hoteles carísimos, sin que casi nadie se percate de ellas.

Pues de allá, de esa España hoy polarizada pero en una democracia funcional, de lo que en México no podemos presumir, con una muy alta calidad de vida forjada en esa institucionalidad derivada del acuerdo entre los contrarios a la muerte del deleznable Francisco Franco. Uno de los sistemas de salud más importantes del mundo y también las miras puestas en que en el año 2040 España tendrá la mayor esperanza de vida del mundo.

En una mañana lluviosa, hermosísima, recordaré aquel cafecito con mi padre justo donde está la plaza que da a la callejuela de San Joaquín en Malasaña. Nunca lo olvidaré como aquel momento en que realmente sentí la pertenencia a un terruño que generosamente me hizo español por adopción, gracias también a la herencia de mi bisabuelo cántabro, Federico Pardo. También habíamos disfrutado del ambiente único de aquellos barrios de origen obrero como Villaverde Alto y Vallecas, hoy además con su composisicón multicultural, sobre todo por la migración sudamericana. Durante mi juventud mucho sentía que algo de mí estaba puesto en todo eso, en los gustos por lo español, su música, la bohemia taurina heredada de mi abuelo paterno de quien no venía mi ascendencia española cercana pero que preparaba la más rica paella, receta que heredó mi padre para gozo de sus amigos y parentela.

Pero también sé que mucho de eso está en lo mexicano, incluido un pollo con mole negro. Por eso no puedo entender cuando se reniega de lo español comiendo carnitas de puerco (que por cierto yo no como porque evito la carne). Bueno que las contradicciones son parte de ese “nosotros” nacional. Solo es que hay que decirlo.

Tampoco entiendo cuando alguien en uno de los chats de los colegas pone que la segunda parte del festejo vendría cuando, una vez campeona la selección de futbol de España, “los mexicanos con pasaporte español comenzarán a presumir”. Tan nimia e indigna expresión me lo pareció de alguien que supuestamente trabaja en la construcción de las palabras, que simplemente puse: “Pues claro, si los mexicanos que tenemos pasaporte español también somos españoles”. Me pareció que el personaje con su comentario no se daba cuenta que él mismo tiene seguramente de qué enorgulleserse con su propio origen, cualquiera que fuese. Por supuesto no habría réplica, no hay manera ante el hecho insoslayable de una patria que nos ha devuelto una historia de la que, en mayor o menor medida fuimos despojados.

Pero además cualquier mexicano que reconozca en lo español parte de lo que es, sea sin pasaporte, podría estar contento. Por eso vimos tantas camisetas rojas aquel domingo en las calles centarles de la capital mexicana. Para eso no hay que pedir permiso.

Claro que festejo el triunfo de España, porque siento esa pertenencia, porque estando en Malasaña en esa mañana lluviosa que precedió a unos vermús cerca de Las Ventas, constaté lo mucho que me significa ese país. Y lo mucho más cerca de lo que lo tenemos los mexicanos, como los Agustín Lara que, sin conocer la capital ibérica, compuso uno de los más bellos himnos que se replican en cada fiesta madrileña.

Desde que alcanzo a recordarlo me provoca desprecio el mercantilismo del futbol organizado, su corrupción, el monopolio de un solo deporte como si no tuviésemos mejores oportunidades los mexicanos en otras disciplinas, que nunca son festejadas como en los fatídicos encuentros de El Ángel de la Independencia porque nos acostumbramos a una mediocridad impuesta por el negocio. La vocación por el “ya merito”, siempre.

Así que sí, yo que lo que menos soy es futbolero porque la otra parte de mí tiene una gran pasión por el beisbol, me emocioné con el gol y las 20 llegadas de esa selección de los chavales que hacen equipo como la nación que se ha forjado a base de dramas. Nadie les puede regatear mérito de conjunto, donde lo que emociona es el pase por toda la cancha, una y otra vez, hasta que el gol se hace posible. Por supuesto, al dirigirme también con mi padre —como en abril por los barrios de Madrid— a la glorieta de La Cibeles de la colonia Roma para realizar una crónica, me emocioné al ver tantas banderas rojas y amarillas entre otras con el águila devorando la serpiente.

Es agradecimiento, sí, y también es gozo por saber que en mi sangre hay una mezcla invaluable de bellezas del mundo. Mucho más allá del futbol.

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