Ciudad de México, noviembre 1, 2026 18:44
Revista Digital Noviembre 2026

Cuenta pendiente 

“Por primera vez te preguntaste si tu abuela había tenido una vida que no te había contado…”

POR NANCY CASTRO

Tu abuela decía que había cosas que era mejor no tocar. Lo decía de las personas, de los animales, de ciertas conversaciones y hasta de los pensamientos. Algunas cosas, aseguraba, se metían dentro de uno y después no había manera de sacarlas.

Creciste creyéndole.

Durante mucho tiempo pensaste que sus advertencias eran una forma de amor. Que intentaba protegerte de un mundo que ella conocía mejor que tú. Aprendiste a desconfiar, a distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, entre lo decente y lo que debía mantenerse lejos. También aprendiste a sentir culpa por aquello que escapaba de sus enseñanzas.

Por eso, cuando la conociste, supiste que tarde o temprano tendrías que elegir.

Y elegiste.

Ahora, siete meses después, empiezas a preguntarte si alguna vez tuviste otra posibilidad.

Durante los primeros días después de la despedida sentiste que habías recuperado cierta tranquilidad. Ya no tenías que enfrentarte a sus preguntas, ni a las conversaciones que terminaban por dejarte en evidencia. Tampoco tenías que explicar por qué algunas cosas te incomodaban o por qué te costaba tanto aceptar su manera de hablar con otra gente, de conocer personas, de salir con sus amigos y tan solo llegar a las tantas para ti ya era motivo de desconfianza.

La quisiste tanto pero estar con ella te provocaba corto circuito. Ni siquiera la  dejaste hablar, la rabia se apoderó de ti, no quisiste seguir hablando, la aniquilaste de tu vida, la bloqueaste, contacto cero, no volver a buscarla, no volver a saber de ella. Como si con eso pudieras recuperar el orden. Al menos eso quisiste creer.

Volviste a tus rutinas, a tus horarios, a las conversaciones de siempre. Todo parecía estar en su sitio. Sin embargo, algo había cambiado. Te descubrías buscando su nombre entre las notificaciones del teléfono, leías de nuevo las conversaciones, te convencías de haber hecho lo mejor, te imaginabas qué estaría haciendo, con quién habría salido, si alguna vez se acordaría de ti. Después te avergonzabas. No era propio de ti andar detrás de nadie. Mucho menos de alguien que, según tus propias convicciones, había descolocado tu vida.

Habías aprendido que el amor también debía tener límites. Que no todo lo que uno desea merece ser correspondido. Que hay que saber retirarse a tiempo, conservar cierta compostura, no exponerse demasiado. Tu abuela habría estado orgullosa de ti. Pensarlo te proporcionaba un alivio breve, casi infantil.

Pasaron los meses.

Un domingo, mientras ordenabas algunas de sus pertenencias, encontraste una caja de lata detrás de los manteles bordados. La reconociste enseguida. Tu abuela guardaba allí botones, fotografías, estampas de santos y pequeños objetos que nadie sabía para qué servían. La abriste sin demasiado interés. Había un rosario, dos fotografías descoloridas y un sobre doblado por la mitad.

No tenía remitente. En el anverso aparecía un nombre que no reconociste.

Dentro había varias hojas escritas a mano. La letra era inconfundible, aunque más temblorosa que la de las recetas y las listas de compras que conservabas.

Comenzaste a leer.

«Hay cosas que una aprende demasiado tarde. Yo pasé buena parte de mi vida creyendo que una mujer debía saber cuál era su lugar. No porque lo hubiera elegido, sino porque así me lo enseñaron. Y cuando una aprende a obedecer desde pequeña, llega un momento en que ya no distingue si está haciendo lo correcto o si simplemente tiene miedo».

Te detuviste.

Volviste a leer la última frase. No recordabas haber escuchado jamás a tu abuela hablar de miedo. Ella siempre había tenido respuestas. Sabía cómo debían comportarse las personas, qué estaba bien y qué estaba mal, con quién convenía relacionarse y de qué asuntos era mejor no hablar.

Continuaste.

«Hubo alguien a quien quise. No era la persona que mi familia habría aceptado. Tampoco pertenecía al mundo en el que yo debía moverme. Durante un tiempo pensé que podría enfrentarme a todos, pero después llegaron las obligaciones, las opiniones, las amenazas de quedarme sola. Me convencí de que renunciar era lo más sensato. Que el tiempo terminaría por darme la razón. No fue así».

Sentiste que algo se desplazaba dentro de ti.

No sabías quién era aquella persona. Tampoco cuánto tiempo había durado aquella historia. Miraste las fotografías de la caja, intentando encontrar algún rostro que pudiera corresponderse con las palabras. Por primera vez te preguntaste si tu abuela había tenido una vida que no te había contado. Una vida que existía más allá de las comidas familiares, las misas de domingo y sus interminables advertencias.

La carta continuaba:

«Después tuve hijos, nietos, una casa que mantener y una reputación que cuidar. Aprendí a llamar virtud a muchas de mis renuncias. Supongo que necesitaba creer que había hecho lo correcto. Quería evitar sufrimientos, temores».

Dejaste las hojas sobre la mesa.

Durante unos minutos no pudiste hacer nada. Pensaste en todas las veces que habías repetido sus frases, en las personas que habías juzgado sin conocer, en aquella mujer a la que seguías queriendo y habías juzgado tan duramente. Te apartaste para no contradecir una enseñanza que ni siquiera había nacido de una convicción propia.

La última hoja estaba escrita con menos firmeza.

«He cometido tantos errores, hoy pienso en aquel gran amor que sentí por Víctor, en por que no me di la vuelta cuando nos despedimos. Le habría dicho. Te perdono. Vámonos. Aceptarlo no me hacía indigna.  No supe hacerlo. Me protegí de aquello que más deseaba. No tuve razón. También me equivoqué. También tuve miedo. Y hubo cosas que nunca me atreví a vivir».

Volviste a doblar las hojas.

Afuera comenzaba a oscurecer. En la casa seguían las mismas fotografías, los mismos muebles, los mismos objetos que habías conservado durante años. Pero ya no los mirabas de la misma manera.

Pensaste en llamarla.

No sabías qué decir a la mujer que habías perdido. Tampoco sabías qué hacer con aquella verdad que llegaba demasiado tarde.

Habías pasado buena parte de tu vida intentando no decepcionar a tu abuela. Ahora descubrías que ella había pasado la suya intentando no decepcionar a los demás.

Y por primera vez te preguntaste si la dignidad que tanto habías defendido no había sido, en realidad, una forma de obediencia.

Te quedaste inmóvil.

Por primera vez en siete meses pensaste en desbloquear su número. No sabías si ella seguiría queriendo escucharte. Tampoco si habría alguien más en su vida. Abriste la conversación, escribiste su nombre y te detuviste.

Tu abuela esperó toda una vida para darse la vuelta.

Tú todavía estabas a tiempo.

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