El duelo a través de una novela
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Honrar nuestro amor, la novela de Francisco Ortiz Pardo, pone al lector ante una disyuntiva: después de conocer una historia de amor marcada por la intensidad, la felicidad y el dolor, ¿habría sido mejor no haberla vivido? A partir de esa pregunta, esta edición otoñal de Libre en el Sur reúne varios relatos dedicados al duelo.
STAFF / LIBRE EN EL SUR
Hay un vestido que permanece colgado detrás de una puerta. Araida ya no está, pero el vestido sí. Y para quien se ha quedado, deshacerse de esa prenda no sería simplemente ordenar una habitación: sería borrar una de las últimas evidencias materiales de que alguna vez hubo una vida compartida. Por eso no puede lavarlo ni tirarlo. Le habla, incluso, como si todavía pudiera responderle. En ese vestido está condensado buena parte del duelo que atraviesa Honrar nuestro amor, la novela de Francisco Ortiz Pardo publicada por Magenta Ediciones en 2026: la dificultad de aceptar que alguien puede desaparecer de nuestra vida sin desaparecer al mismo tiempo de nuestra memoria.
No es casual que el libro llegue a ese punto después de haber contado una historia de amor que se resiste varias veces a terminar. La separación no ocurre de golpe. Hay señales, distancias, regresos, silencios y promesas de una despedida que nunca acaba de consumarse. Cuando finalmente el protagonista entiende que tiene que dejar ir a Araida, descubre que una cosa es saberlo y otra muy distinta conseguirlo. El duelo comienza justamente ahí, en esa distancia entre lo que la cabeza entiende y aquello que el cuerpo todavía espera.
La novela se detiene en ese momento con una minuciosidad poco frecuente. El capítulo «El primer duelo» no trata la pérdida como una idea, sino como una sucesión de días en los que el cuerpo y la memoria van tomando decisiones por su cuenta. Aparecen la ansiedad, las palpitaciones, la falta de apetito, el insomnio, la necesidad de revisar el teléfono y la imposibilidad de escribir. Después, casi imperceptiblemente, comienzan a aparecer otras cosas: volver a caminar, cocinar, reír, dormir una noche completa, recordar sin que el recuerdo produzca el mismo derrumbe. El tiempo deja de medirse por la espera de un mensaje y empieza nuevamente a medirse por la vida.
Pero el hecho de que alguien pueda recuperarse no significa que la novela quiera convertir el sufrimiento en una recompensa. Cuando el protagonista puede decir «Fuimos reales. No perfectos. No eternos. Reales», está reconociendo la existencia de aquello que vivieron, no resolviendo el dilema de si habría sido mejor haberlo vivido. Y quizá ahí empieza la pregunta más interesante que deja el libro.
La historia se resiste varias veces a terminar. Cuando el protagonista intenta construir un ritual de despedida, Ariadna, la tanatóloga que lo acompaña, propone escribir una carta para dejar ir a Araida y enterrarla en Madrid, precisamente en un lugar asociado con el comienzo de aquella historia. La carta se escribe y se prepara el ritual, pero doce días después Araida reaparece. El entierro se suspende y con él se interrumpe también la posibilidad de una despedida definitiva. La carta queda como testimonio de un adiós que no llegó a consumarse.
Ese episodio dice mucho sobre el duelo que cuenta la novela. Hay pérdidas que no pueden cerrarse mientras todavía existe la esperanza de que la persona regrese. Y cuando esa esperanza se reactiva, también vuelve a abrirse aquello que parecía comenzar a cicatrizar. En Honrar nuestro amor, el dolor no avanza ordenadamente: retrocede, se contradice, vuelve a empezar.
Más adelante llega una segunda caída. Después de recibir un mensaje que cancela el encuentro que esperaba, el protagonista escribe otra carta, esta vez con una intención distinta: ya no para recuperar a Araida, sino para recuperar su propia verdad. Es una diferencia pequeña en apariencia, pero decisiva en la historia. La escritura deja de ser un intento de alcanzar al otro y comienza a convertirse en una forma de reconstruir al que se ha quedado.
Entonces aparecen los poemas. El protagonista vuelve a los Viveros, corre, medita, recuerda el árbol de la salud y comienza a escribir uno tras otro, durante meses. No corrige, no pretende construir una obra literaria en ese momento: escribe porque necesita darle alguna forma a aquello que de otro modo se queda dentro. La mujer ausente adquiere un cuerpo nuevo en las palabras y el amor, que ya no puede sostenerse en la realidad, encuentra otro territorio donde existir.
Pero tampoco aquí la novela ofrece una compensación sencilla. Que una experiencia dolorosa pueda convertirse en literatura no significa que la literatura venga a justificarla. El libro no dice que el sufrimiento haya sido un precio necesario para alcanzar una verdad, ni que la intensidad de lo vivido convierta automáticamente el dolor posterior en algo deseable. Lo que hace es dejar juntos, sin resolverlos, el amor y el daño, la felicidad y la pérdida, la memoria y la duda.
Los lugares también quedan. Madrid, Veracruz, Santiago, San Sebastián, Oporto, los Viveros. Una ciudad puede guardar una conversación, una calle puede devolver un recuerdo y un árbol puede convertirse en el punto exacto al que vuelve una memoria. El mapa de la relación termina siendo también el mapa del duelo, pero ese mapa no es necesariamente un territorio de celebración. Hay lugares que uno quisiera volver a visitar y otros a los que sólo regresa porque todavía necesita entender por qué dolieron tanto.
En ese sentido, Honrar nuestro amor no cuenta únicamente la pérdida de una persona. Cuenta también la pérdida de una forma de vida y, con ella, de una versión de uno mismo. Cuando una relación termina, no desaparece sólo quien estuvo al otro lado de la cama, de la mesa o del teléfono: desaparecen rutinas, proyectos, conversaciones, viajes imaginados y una idea del futuro. El duelo tiene que ver tanto con lo que sucedió como con aquello que ya no sucederá.
La novela admite, por eso, tres lecturas que se complementan. La primera es la del periodismo, porque Francisco Ortiz Pardo llega a la ficción con una mirada formada en el oficio de observar, registrar y reconstruir. En sus páginas conviven los acontecimientos íntimos con referencias públicas, políticas y sociales; las fechas y los lugares concretos con los recuerdos y las emociones. El amor no sucede en un espacio aislado, sino en medio de circunstancias que terminan interviniendo en la vida de los personajes.
Desde esa perspectiva, Ivonne Melgar encuentra un territorio de análisis en la relación entre los hechos y su representación narrativa, entre la experiencia personal y el contexto público que la rodea. La novela plantea cómo una historia íntima puede reconstruirse con herramientas que provienen del periodismo sin renunciar por ello a los recursos de la ficción.
La segunda perspectiva es la del duelo y el acompañamiento terapéutico. Adriana Segovia entra en la novela desde ese territorio en el que una separación obliga a reorganizar la vida, no solamente porque desaparezca una persona, sino porque con ella desaparecen rutinas, proyectos, certezas y una determinada versión de uno mismo. La novela ofrece material abundante para preguntarse qué sucede cuando una pérdida no tiene una ceremonia definitiva y cómo se reconstruye una vida cuando todavía quedan preguntas sin respuesta.
La tercera mirada es la literaria. Ximena Sánchez Echenique puede detenerse en aquello que ocurre cuando una experiencia personal deja de ser solamente recuerdo y se convierte en narración: cómo se construyen las escenas, qué hacen los objetos y los lugares dentro de la historia, cómo se transforma la memoria y de qué manera una experiencia íntima puede adquirir una dimensión que ya no pertenece únicamente a quien la vivió.
Las tres estuvieron en la presentación de Honrar nuestro amor, realizada el pasado 11 de septiembre en el Museo de Culturas Populares. Ahora sus miradas vuelven a encontrarse en estas páginas para leer la misma novela desde tres ángulos distintos: el periodístico, el terapéutico y el literario.
Y no será ésta la única aproximación al tema en la presente edición otoñal de Libre en el Sur. El duelo es también el punto de partida de una serie de relatos de nuestras talentosas colaboradoras habituales, que se acercan a la pérdida desde experiencias, personajes y circunstancias diferentes.
Quizá por eso Honrar nuestro amor termina planteando una pregunta que va más allá del duelo: después de todo lo ocurrido, ¿habría sido mejor no haber vivido ese amor?
No es una pregunta menor, ni tiene una respuesta evidente. Porque el protagonista no puede mirar hacia atrás y borrar los años compartidos, los viajes, las conversaciones, la intimidad, las noches, las complicidades y también los momentos en que creyó que aquella relación podía convertirse en una forma duradera de vida. Pero tampoco puede desconocer lo que vino después: la incertidumbre, las separaciones, las esperas, las cartas, los intentos de despedida, la ansiedad y ese largo proceso de reconstrucción que ocupa buena parte de la novela.
Ahí está quizá la verdadera tensión que deja el libro. No se trata solamente de preguntarse cómo se supera la pérdida de alguien que se amó, sino de preguntarse qué hacemos con una historia que nos dio felicidad y dolor en proporciones que ya no resulta posible separar. ¿Es preferible haber conocido un amor así, aun sabiendo que podía terminar de esta manera, o habría sido mejor no encontrarlo nunca y conservar intacta la tranquilidad que existía antes?
La novela no responde. Y probablemente no tendría sentido que lo hiciera. Su protagonista puede llegar a aceptar que fueron reales, que aquello ocurrió y que forma parte de su vida, pero esa aceptación no obliga al lector a considerar que la historia tuvo un final satisfactorio ni que el amor, por el solo hecho de haber existido, justifica todo lo que vino después. La literatura permite algo más incómodo: conservar simultáneamente el amor y la duda.
Porque quizá ésa sea una de las preguntas que quedan flotando después de cerrar Honrar nuestro amor: si pudiéramos regresar al principio conociendo de antemano el final, ¿volveríamos a elegir ese amor?
La respuesta pertenece al lector.

















