Ciudad de México, octubre 22, 2020 09:28
Opinión Rebeca Castro Villalobos

El rencuentro, una difícil decisión

Sé que estaremos confinados y que nuestra vida en pareja será muy diferente a la que acostumbrábamos; sin embargo,  estaremos juntos nuevamente, y esa sensación de felicidad y alegría por la convivencia seguramente se retomará.

 POR REBECA CASTRO VILLALOBOS

He de confesar que lo pensé mucho. Incluso mi pareja también lo hizo. Ambos dudamos en más de una ocasión si sería lo más prudente y oportuno el vernos ahora después de estar a distancia por más de seis meses, casi siete.

Y es que si bien no vivimos juntos, y nos separan poco más de 400 kilómetros por carretera, en  nuestra relación, ya de casi 24 años, hemos procurado, además de grandes y maravillosos viajes, visitarnos mínimo dos veces al mes, ya sea que el venga a mi terruño o yo tome autobús a la gran Ciudad de México.

Anteriormente me atreví a manejar, procurando siempre llevar a un copiloto (sobrino o sobrina e incluso mi querida hermana Gemmy), pero lamentablemente un choque que ocasionó pérdida total de mi  vehículo, causado por una inexperta joven que se pasó el semáforo en rojo, ocasionó secuelas como es el trauma Y si bien lo he ido superando, ya no me atrevo a conducir grandes distancias.

También cuando tuve posibilidades económicas  tomaba el vuelo del viernes por la tarde y en un abrir y cerrar de ojos me encontraba en el aeropuerto  de la capital, donde él acudía a recibirme.

Por su parte, si no había necesidad de manejar,  él prefirió el autobús y ya estando aquí decidíamos si tomábamos camino a algún cercano lugar, como Aguascalientes o Morelia.

Y es que mi terruño (Guanajuato capital) se volvió muy demandado turísticamente y era ya imposible encontrar estacionamiento y transitar por el centro y/o recorrer sus calles y callejones, como solíamos hacerlo tiempo atrás.

Nuestro último encuentro, hasta ahora, fue un fin de semana en Aguascalientes, precisamente al inicio de la pandemia, pero sin conocer todavía sus alcances, hasta que intentando entrar a una novillada en la Plaza de San Marcos nos avisan que se las autoridades ordenaron suspende cualquier actividad que representara aglomeraciones.

También ese día, en una rápida vista al periódico, nos enteramos que se había registrado en esa entidad el primer caso de Covid19.

Eso era todo, Nos encerramos en el hotel y al día siguiente muy temprano tomamos camino de regreso, porque el lunes muy temprano Paco tomaría el autobús de regreso a su ciudad. En esas fechas, en el estado de Guanajuato todavía no se tenía conocimiento de algún caso, (aunque después se supo de dos en León), y mucho menos la autoridades habían tomado las medidas preventivas del caso.  

Creo que fue al transcurrir  la semana, segunda de marzo, cuando inició el bombardeo de información de la situación que se estaba viviendo, por parte del ya tan mentado Hugo López-Gatell, llamando a la población del país a quedarse en casa y no salir sobre todo a personas de edad y que tenían ciertos padecimientos.

El aviso le quedó como anillo al dedo a mi pareja y fue cuando no volvió a salir, ni a la esquina, ni a caminar en su parque, como solía hacerlo. Ya estaban en semáforo rojo y el confinamiento era la única opción para cuidarse, alejándose del virus.

Yo por mi parte traté de hacer lo propio, aunque no dejaba de ir a visitar a mi madre, viuda y que vive sola. Claro tomando todas las precauciones necesarias para cuidarla y cuidarme.

Esas visitas se redujeron a un sólo día en la semana, primero los domingos y después los sábados, procurando estar a solas. Después de algunos meses de no poder salir, viendo a mi madre desesperada, aburrida de esa obligada rutina, se me ocurrió pasar por ella y en mi automóvil, bien protegidas las dos, para llevarla a recorrer el terruño cosa que ni yo misma lo había hecho.

Han sido meses muy tristes para mí. El sentimiento de soledad se me acentúo mucho más y la depresión llegó en consecuencia, porque además de Paco, a la familia y las amistades ya no frecuentaba y todo se concretaba a video llamadas.

Para nosotros la cita era casi siempre los domingos al mediodía, después eso sí de escuchar y ver la misa dominical por Internet, primero era con el Papa Francisco desde el Vaticano, ya después que las suspendió, busque otro canal religioso.

En fin, fue el pasado mes, cuando por cierto inicie un tratamiento médico que me ha evitado soltar continuamente el llanto y ayudarme en esta depresión, cuando lo decidí: Tenía que ir a ver a Paco, incluso fue propuesta de las mismas doctoras que me atienden: psiquiatra y psicóloga.

He también de sincerarme y decir que a Paco no le cayó muy bien la noticia, sobre todo por sus afanes de cuidarnos mutuamente, “Más vale exagerar”, decía. Finalmente accedió a recibirme y de inmediato compré el boleto de avión, analizando que era la mejor y más segura opción de viajar y que estuviera yo allá para su cumpleaños, este 10 de octubre. Por mi situación económica, eché, como comúnmente se dice, un “tarjetazo”; y ahora gracias a la bondad de algunos de  mis hermanos, lograré pagar ese viaje… por lo menos el de ida.

Sé que estaremos confinados y que nuestra vida en pareja será muy diferente a la que acostumbrábamos; sin embargo,  estaremos juntos nuevamente, y esa sensación de felicidad y alegría por la convivencia seguramente se retomará.

Estoy nerviosa. Es como si fuera mi primer viaje en avión; pero confío que todo irá bien y mi estancia a su lado después de casi siete meses de alejamiento físico será maravillosa. Primero Dios así será.

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