Ciudad de México, julio 17, 2026 09:38
Francisco Ortiz Pardo Opinión

EN AMORES CON LA MORENA / Vallecas y el payaso Fofó

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

Entre migrantes, payasos de circo, futbol obrero y miradores bautizados con humor callejero, Vallecas sigue siendo uno de los barrios de Madrid donde la ciudad todavía le pertenece a su gente.


STAFF / LIBRE EN EL SUR

Para mi mamá, Elena Pardo, al cumplir 80 años de edad.

Tomamos el metro en la estación del Arte para llegar hasta Portazgo por la Línea 1 del Metro de Madrid. El trayecto va dejando atrás poco a poco el centro turístico y comienza a mostrar otro ritmo de ciudad. Los nombres de las estaciones —Pacífico, Menéndez Pelayo, Puente de Vallecas— ya anuncian que Madrid empieza a cambiar debajo de tierra antes de hacerlo afuera.

Y cambia apenas se sale a la avenida de la Albufera.

La Albufera es la columna vertebral de Vallecas. Más que una gran avenida elegante, funciona como una especie de río urbano por donde circula la vida cotidiana del barrio. Ahí se mezclan bares de menú del día, supermercados pequeños, locutorios, tiendas de telefonía, fruterías atendidas por migrantes, farmacias antiguas y negocios familiares que parecen llevar décadas resistiendo el paso del tiempo. También aparecen fachadas gastadas, anuncios luminosos algo envejecidos, terrazas sencillas llenas de gente hablando fuerte y edificios obreros levantados durante el crecimiento acelerado del Madrid de mediados del siglo XX.

No hay lujo, pero tampoco abandono. Más bien una sensación de ciudad usada de verdad.

Por momentos la Albufera parece resumir la historia misma de Vallecas: un antiguo camino de salida hacia Valencia convertido después en corredor obrero y más tarde en espacio de llegada para nuevas migraciones. Ahí conviven acentos españoles con venezolanos, colombianos, dominicanos o marroquíes sin que el barrio pierda del todo su identidad madrileña.

Y quizá lo más llamativo es que todavía conserva vida de calle. La gente camina, compra, conversa, se queda en las terrazas o mira escaparates modestos. En tiempos donde muchas ciudades europeas empiezan a parecer decorados turísticos, la Albufera todavía se siente hecha para quienes viven ahí.

No es el Madrid monumental de las postales ni el de las terrazas elegantes llenas de extranjeros. Vallecas tiene otra textura. Hay edificaciones viejas que conservan esos ventanales altos con persianas de madera tan propios de ciertos barrios madrileños. Los servicios funcionan bien, el barrio está cuidado, pero no hay ostentación. Todo tiene un aire real, vivido, sin esa obsesión contemporánea por convertir cualquier rincón popular en escenografía urbana.

Incluso el origen del nombre conserva algo popular y antiguo. Los historiadores suelen relacionar “Vallecas” con pequeños valles o vaguadas que atravesaban la zona en tiempos medievales, cuando todavía era un asentamiento rural en las afueras de Madrid. Otras versiones lo asocian con antiguas familias repobladoras castellanas. No existe consenso absoluto sobre el origen exacto, pero sí sobre algo evidente: Vallecas nació mucho antes de convertirse en periferia urbana y durante siglos vivió prácticamente separado de Madrid.

Durante siglos fue apenas un asentamiento levantado junto al antiguo camino a Valencia, la ruta que conectaba la capital española con el Mediterráneo. Mucho antes de incorporarse oficialmente a Madrid en 1950, Vallecas era zona de huertas, jornaleros, yeseros y pequeños trabajadores que abastecían a la capital sin pertenecer realmente a ella.

Después llegaron las grandes migraciones internas del siglo XX. Familias procedentes de Andalucía, Extremadura, Castilla-La Mancha y Murcia levantaron barrios enteros prácticamente desde cero. Más recientemente comenzaron a llegar latinoamericanos, marroquíes, africanos y europeos del Este. Hondureños, colombianos, venezolanos, ecuatorianos y dominicanos terminaron formando parte natural del paisaje del barrio, abriendo pequeños restaurantes, panaderías, cafés y negocios familiares donde sus costumbres comenzaron a mezclarse con la vida cotidiana de Vallecas.

Eso también se nota en la comida. Entre bares españoles tradicionales aparecen arepas venezolanas, pupusas, panaderías latinas y pequeños restaurantes familiares donde sobreviven sabores traídos desde el otro lado del Atlántico. El barrio no parece resistirse a esas mezclas; más bien las incorpora.

De hecho, llegamos ahí gracias al Airbnb de Martha, una señora venezolana que vive con su esposo en Vallecas y renta parte del departamento para completar sus ingresos. Y ahí aparece también otra dimensión del debate contemporáneo sobre Airbnb que casi nunca se menciona cuando se le responsabiliza prácticamente en solitario de la gentrificación. Porque claro que existe especulación inmobiliaria brutal y turistificación salvaje en muchas ciudades europeas, pero reducir el problema exclusivamente a las plataformas de alojamiento resulta demasiado cómodo para gobiernos que durante años alentaron modelos económicos volcados al turismo masivo mientras permitían la concentración inmobiliaria y la expulsión gradual de habitantes de los centros urbanos.

En casos como el de Martha, el alquiler temporal no tiene nada que ver con grandes fondos de inversión ni con corporativos comprando edificios enteros. Ella y su esposo viven de eso ya mayores, pagan impuestos y mantienen un departamento modesto pero cuidado. Y para quienes llegan de fuera, hospedarse en lugares así termina significando algo que los hoteles rara vez ofrecen: entrar verdaderamente a los barrios y descubrir esa vida cotidiana que normalmente queda fuera de las rutas turísticas.

Los números ayudan a entenderlo. Hoy el antiguo territorio vallecano —dividido administrativamente entre Puente y Villa de Vallecas— supera los 330 mil habitantes. Sólo Puente de Vallecas ronda los 240 mil vecinos y es además uno de los distritos madrileños con mayor proporción de población nacida fuera de España. Datos recientes del Ayuntamiento de Madrid sitúan la población extranjera del distrito alrededor del 25 %, aunque en algunos barrios concretos el porcentaje es considerablemente mayor.

También sigue siendo un barrio profundamente trabajador. La mayor parte de su población ocupada labora en el sector servicios: comercio, hostelería, transporte, limpieza, cuidados, pequeños negocios y actividades administrativas. La construcción mantiene además un peso importante respecto de otros distritos madrileños y existe una presencia amplia de comercio familiar y trabajo autónomo.

Y entonces uno entiende mejor Barbi Superstar, la canción donde Joaquín Sabina retrata a esa muchacha de barrio que por un instante parece tocar el brillo de la fama, pero termina regresando a la realidad cotidiana de Vallecas, donde las ilusiones duran lo que duran y la vida sigue. Caminando por la Albufera, el barrio hace perfectamente comprensible esa canción: aquí las fantasías bajan rápido a tierra, aunque sin perder del todo la ternura.

Y de pronto aparece el estadio.

Mi ignorancia futbolera era tan amplia que yo no tenía idea de que iba a toparme con él ahí, incrustado literalmente entre edificios de departamentos y calles comunes. Primero aparecen algunos rayos pintados sobre bardas y muros, casi artesanalmente. Después surge la estructura misma: austera, pequeña para estándares europeos, con gradas solamente en tres lados y prácticamente fundida con el barrio. Los edificios se asoman sobre las tribunas y uno tiene la impresión de que algunos vecinos podrían escuchar perfectamente los goles desde la cocina de su casa. Hay algo profundamente popular en esa cercanía, como si el futbol todavía no hubiera terminado de convertirse por completo en una industria blindada.

Es, efectivamente, el estadio del legendario Rayo Vallecano. Y justo ahí aparece también el nombre de la calle: Payaso Fofó.

Podría parecer una coincidencia pintoresca, pero en realidad Vallecas ha tenido históricamente una relación muy cercana con el mundo del circo y los artistas populares. No sólo porque ahí creció Alfonso Aragón Bermúdez, Fofó, sino porque durante décadas los barrios obreros del sur de Madrid fueron territorio natural para familias circenses, cómicos ambulantes y espectáculos populares que vivían mucho más cerca de la calle que de los teatros elegantes del centro.

El hombre que hizo cantar a generaciones enteras aquello de “Hola Don Pepito, hola Don José”, inmortalizado en uno de los barrios más combativos de Madrid. Porque España tiene esa extraña habilidad de mezclar ternura y tragedia en la misma banqueta. A pocos kilómetros del estadio donde el futbol se convirtió en negocio global, Vallecas decidió rendir homenaje no a un magnate ni a un político, sino a un payaso.

El payaso Fofó. Foto: RTVE

Aunque oficialmente Fofó nació en Ulea, Murcia, debido a las giras permanentes de la troupe familiar, se crió en el Puente de Vallecas y siempre se consideró vallecano. Su padre, Emilio Aragón Foureaux, “Emig”, integraba junto con sus hermanos el célebre grupo Pompoff, Thedy y Emig, uno de los nombres fundamentales del humor popular español de principios del siglo XX. En los años treinta, Alfonso y sus hermanos Gabriel y Emilio formarían después el trío Gaby, Fofó y Miliki, iniciando en el viejo Teatro Circo Price de Madrid.

Después vino el largo recorrido americano. En 1946, tras la muerte de su padre y en medio de las dificultades económicas y culturales de la España franquista, los hermanos emigraron a América. Lo que iba a ser un contrato temporal terminó convirtiéndose en casi treinta años fuera de España. Primero llegaron a Cuba, donde fueron pioneros de la televisión. Después recorrieron México, Venezuela, Puerto Rico y Estados Unidos. Finalmente Argentina, donde consolidaron la estética que terminaría formando parte de la memoria sentimental de varias generaciones: las camisetas rojas, los zapatos enormes y las canciones infantiles que todavía sobreviven en medio continente hispanoamericano.

Cuando regresaron a España en 1973 con El Gran Circo de TVE, el país entero los recibió como hijos pródigos. Y Fofó terminó convirtiéndose probablemente en el más querido de todos.

Como recordó El País, la muerte de Fofó en junio de 1976 provocó una conmoción difícil de explicar hoy. Apenas dos días después, Gaby, Miliki y Fofito tuvieron que aparecer en TVE para explicarles a millones de niños españoles que Fofó “se había ido al cielo a cantar canciones”. El reportaje recordaba además cómo, terminada la grabación, las sonrisas desaparecieron inmediatamente de los rostros de los payasos mientras el equipo técnico los aplaudía emocionado. Aquello terminó simbolizando el final de una época en la televisión y en la cultura popular española.

Murió apenas tres años después del regreso triunfal, víctima de una hepatitis B contraída durante una transfusión de sangre. Al sepelio acudieron 25 mil perosnas, según recuentos de la época, y Vallecas decidió poner su nombre a la calle del estadio como homenaje popular. El gesto tenía lógica: el barrio estaba uniendo dos de sus símbolos más reconocibles, el futbol obrero y una tradición de artistas populares profundamente ligada a la memoria sentimental española y latinoamericana. Este junio se conmemoraraán 50 años de la muerte de Fofó.

Vallecas ha sido, desde la posguerra, el refugio invernal y el lienzo de las grandes dinastías del aserrín; en sus antiguos descampados y en los márgenes del Barrio de Doña Carlota, los volatineros, titiriteros y músicos ambulantes plantaban sus caravanas para remendar lonas y ensayar números bajo el frío de la periferia. Aquí, el entretenimiento popular nunca perteneció a los palacios de cristal, sino a las barracas de feria y a los míticos teatros portátiles, como el de Manolita Chen, que encontraban en el aplauso ruidoso y exigente del vecino obrero su consagración más honesta.

Este suelo guarda en sus cicatrices una memoria que va mucho más allá de la célebre dinastía de los Aragón. Vallecas convirtió el arte de la calle en su propia geografía de resistencia, un rincón de la urbe donde los malabaristas, los poetas del asfalto y los payasos no eran meros espectáculos de paso, sino centinelas de una identidad comunitaria indomable. El circo tradicional echó raíces tan hondas en el asfalto que, con el paso de las estaciones, se transformó en una herramienta de vida, un tejido social donde los talleres de barrio y el circo social sustituyeron a las carpas de antaño para seguir rescatando a los jóvenes a través del juego, el equilibrio y la risa compartida.

Y todavía hay otro símbolo del barrio a poco más de un kilómetro del estadio. Subiendo la cuesta, aparecen las famosas “Siete Tetas”, el nombre popular del Parque Cerro del Tío Pío, una colina artificial de siete montículos desde donde se contempla uno de los miradores más queridos por los madrileños.

Desde ahí Madrid se extiende completa bajo la tarde azulada. Abajo aparecen primero los edificios obreros de ladrillo rojizo de Vallecas, encendidos por las luces cálidas de las ventanas donde la gente cena, ve televisión o simplemente termina otro día de trabajo. Después la ciudad comienza a desplegarse como una inmensa cuadrícula de luces amarillas que parece perderse hasta el horizonte.

A lo lejos se distinguen las torres modernas del norte financiero, mientras más cerca sobreviven los barrios populares que sostienen realmente Madrid. No hay aquí la solemnidad de otros miradores europeos. La gente sube con cervezas, bocadillos, amigos, parejas o simplemente sola a mirar cómo se encienden las luces al caer la tarde.

Las Siete Tetas terminan encajando perfectamente con Vallecas. El mirador tiene la misma mezcla de sencillez, ironía y autenticidad del barrio: uno de los paisajes más bellos de Madrid y al que, fieles al humor popular madrileño, decidieron bautizar con el nombre menos solemne posible.

Vallecas todavía conserva memoria de su gente.

Tumba de Fofó en el cementerio de Vallecas. Foto: Captura de pantalla.
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