EN AMORES CON LA MORENA / El hombre que no tuvo película
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Bosques. Foto: TV UNAM
Gilberto Bosques desafió al gobierno colaboracionista francés de Vichy y a los nazis en Marsella para salvar de los campos de concentración a miles de refugiados españoles y judíos.
POR FRANCISCO ORTIZ PARDO
Hay personajes históricos cuya fama parece guardar una relación razonable con sus méritos. Benito Juárez tiene monumentos porque encabezó la defensa de la República. Emiliano Zapata tiene avenidas porque encarnó una de las grandes causas de la Revolución. Francisco Villa sigue habitando el imaginario popular más de un siglo después de su muerte.
Y luego existen casos que producen una sensación distinta.
No porque hayan sido olvidados por los historiadores. Tampoco porque carezcan de reconocimientos. Lo que ocurre es que, al conocer su historia, resulta inevitable preguntarse por qué no ocupan un lugar mucho más visible en la memoria colectiva.
Gilberto Bosques Saldívar pertenece a esa categoría.
Su nombre no es desconocido para los especialistas. La diplomacia mexicana lo considera una de sus figuras más destacadas. El Senado de la República creó un centro de estudios internacionales que lleva su nombre. Existen calles, escuelas y homenajes dedicados a su memoria. En Marsella hay una plaza que lo recuerda. En Viena una avenida lleva su nombre. Sin embargo, fuera de ciertos círculos académicos y diplomáticos, sigue siendo un personaje mucho menos conocido de lo que cabría esperar.
Y eso resulta extraño. Porque la historia de Gilberto Bosques parece contener muchos de los elementos que suelen convertir a una persona en símbolo de una época.
Nació el 20 de julio de 1892 en Chiautla de Tapia, Puebla. Fue maestro normalista, periodista y participante en los movimientos revolucionarios de principios del siglo XX. Durante su juventud simpatizó con el maderismo y se incorporó a la lucha contra el régimen porfirista. Más tarde desarrolló una carrera política y diplomática que lo llevaría a ocupar distintos cargos públicos.
Las fotografías de la época plasman esa naturaleza sin artificios. En una de las más emblemáticas se le ve caminando por una calle europea, abriéndose paso entre la gente con un traje clásico, corbata de lunares y un sombrero de fieltro que sombrea una mirada profundamente seria, fija en el horizonte. Con una mano en el bolsillo y un semblante de absoluta concentración, no posa para la posteridad ni busca el encuadre de un héroe de película; camina con la sobriedad y la templanza de quien sabe perfectamente el peso histórico de la misión que tiene entre manos. La grandeza de Bosques no se encuentra en gestos espectaculares ni en discursos grandilocuentes. Se encuentra en decisiones concretas tomadas en circunstancias extraordinarias.
Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Europa se había convertido en un territorio de persecuciones masivas. La Guerra Civil Española había terminado con la victoria de Francisco Franco y cientos de miles de republicanos emprendían el camino del exilio. Al mismo tiempo, el nazismo extendía su influencia por buena parte del continente y millones de personas quedaban atrapadas en una maquinaria de persecución política, racial e ideológica.
Fue en ese contexto cuando Bosques fue nombrado cónsul general de México en Francia.
Para comprender la magnitud de lo que ocurrió después hay que recordar que una visa no significaba entonces lo mismo que hoy. Actualmente suele percibirse como un trámite administrativo. En la Europa de aquellos años podía representar la diferencia entre la vida y la muerte.
El panorama se volvió aún más hostil con la instauración del régimen de Vichy, el gobierno colaboracionista francés encabezado por el mariscal Philippe Pétain. Lejos de proteger a los perseguidos, Vichy operó como un brazo administrativo de la intolerancia; su política oficial no solo negaba el auxilio, sino que perseguía activamente a los refugiados políticos y cooperaba con las leyes antisemitas del nazismo. Los republicanos españoles y los judíos eran hacinados en campos de internamiento bajo condiciones inhumanas, listos para ser entregados a la Gestapo o al régimen franquista.
México, bajo el gobierno de Lázaro Cárdenas, adoptó una política de apertura hacia los refugiados españoles. Bosques se convirtió en una pieza fundamental para hacerla realidad frente al cerco burocrático y policial de Vichy. Desde Francia participó en la expedición de visas y diseñó una red de protección audaz: amparándose en el derecho internacional, alquiló los castillos de Reynard y Montgrand en las afueras de Marsella. Estas propiedades fueron declaradas sedes diplomáticas mexicanas y en ellas albergó de forma clandestina a miles de perseguidos, alimentándolos, dándoles atención médica y organizando talleres culturales mientras gestionaba los barcos que los llevarían a la libertad.
Entre quienes lograron escapar había profesores, escritores, científicos, artistas, médicos, ingenieros, obreros, sindicalistas y familias enteras que huían de la represión franquista o de la expansión del fascismo. Muchos de ellos terminarían realizando aportaciones decisivas a la vida cultural y académica de México.
Resulta difícil, por ejemplo, comprender la historia intelectual y estética de nuestro país durante la segunda mitad del siglo XX sin considerar la firma de Bosques en los pasaportes de la filósofa María Zambrano, del dramaturgo Max Aub o del poeta Luis Cernuda. La icónica pintora surrealista Remedios Varo o la escritora alemana Anna Seghers —quien retrató la angustia de aquella Marsella en su novela Tránsito— salvaron la vida gracias a la audacia de este cónsul. Instituciones educativas, editoriales, centros de investigación y espacios culturales recibieron la contribución de hombres y mujeres que llegaron a México gracias a aquella política de asilo.
Por supuesto, Bosques no actuó solo. Sería históricamente incorrecto presentarlo como una figura aislada. Su labor se desarrolló dentro de una política impulsada por el Estado mexicano y respaldada por el gobierno cardenista. Sin embargo, también es cierto que la eficacia y el alcance de aquella labor estuvieron profundamente vinculados a su actuación personal. Él no fue un burócrata pasivo; desafió de frente las trabas de las autoridades de Vichy, estiró la legalidad y arriesgó su propia integridad para arrancar vidas de las garras del fascismo.
Con frecuencia se menciona que ayudó a decenas de miles de refugiados. Las cifras exactas siguen siendo objeto de debate entre historiadores y conviene ser prudentes con los números. Lo que no se discute es la magnitud de la operación humanitaria ni el papel central que desempeñó en ella. Tampoco se discuten los riesgos.
En 1943, tras la ocupación total de Francia por las tropas del Eje, las autoridades alemanas detuvieron a Bosques, a integrantes de su familia y a miembros del personal consular mexicano. Permanecieron retenidos por la Gestapo en un hotel de Bad Godesberg, Alemania, durante más de un año, hasta que fueron intercambiados por ciudadanos alemanes que se encontraban en México.
Ese episodio suele quedar relegado a un segundo plano, pero dice mucho sobre la naturaleza de su actuación. No estamos hablando de un funcionario que observó los acontecimientos desde una oficina distante. Estamos hablando de alguien que terminó pagando personalmente las consecuencias de las decisiones que tomó.
Por eso resulta inevitable pensar en la manera en que se construye la memoria histórica. Cuando se menciona a Oskar Schindler, millones de personas alrededor del mundo reconocen inmediatamente la referencia. La historia del empresario alemán que ayudó a salvar a más de un millar de judíos durante el Holocausto se convirtió en un símbolo universal gracias, entre otras cosas, a la extraordinaria película dirigida por Steven Spielberg en 1993.
Schindler merece plenamente el reconocimiento que recibió. La comparación no busca disminuir sus méritos. Lo interesante es observar cómo funcionan los mecanismos de la memoria colectiva.
La historia de Schindler trascendió el ámbito académico y se instala en la cultura popular global. La de Bosques permaneció durante mucho tiempo confinada a investigaciones históricas, archivos diplomáticos y círculos especializados. Una fue contada al mundo mediante una de las películas más influyentes del siglo XX. La otra continuó viviendo principalmente en documentos oficiales, testimonios de refugiados y estudios académicos.
Quizá por eso millones de personas conocen a Schindler mientras muchos mexicanos apenas han escuchado hablar del cónsul que desafió a Vichy y al nazismo.
















