COSECHA ROJA / El niño que soñaba ser otro
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Un adolescente se niega a seguir el camino criminal de su familia en un pueblo marcado por la trata y la violencia. Su rebeldía silenciosa termina convirtiéndolo en víctima de quienes más debían protegerlo.
POR GUILLERMO FABELA QUIÑONES
A nadie se puede obligar a ser lo que no quiere, menos a un niño inocente que tenía la voluntad de portarse bien, no seguir el mal ejemplo de sus hermanos mayores… Nunca le hizo mal a nadie, aunque todo a nuestro alrededor es maldad, violencia, odio y todo lo malo que se le ocurra sumar en su cabeza… Usted conoce a fondo el alma de una hiena voraz con cuerpo humano, yo no soy nadie para juzgar pero usted sí… Por eso no tengo empacho en sacar mis sentimientos, mi coraje por lo que sucedió. Pude haberlo evitado pero me faltó valor, me dejé llevar por las circunstancias; y si hay que castigar a alguien es a mí, no a su madre, que ni cuenta se daba del mal que le estaba haciendo a su hijo… Me consuela saber que regresé cuando más me necesitaba y pude darle un poco de cariño en sus momentos más amargos después de ver morir a su hermanito menor, Dios lo recogió muy pronto, evitándole más sufrimientos que los castigos que propina la vida a los más jodidos…
Su madre, mi hija, supo en carne propia que nadie se va de este mundo sin recibir castigo divino; no la justicia de los hombres, que de esa nada podemos esperar los pobres; usted lo sabe muy bien al dedicar su vida a lidiar con criminales… Sus ojos y sus muchas arrugas lo delatan como hombre endurecido por dentro para soportar a tanto pobre diablo que juzga usted, las más de las veces, lo sé por experiencia propia, no por el delito cometido sino por tener la mala suerte de venir a este mundo con una mano atrás y otra adelante, sin padres que vean por uno… Pero me pregunto: ¿acaso pueden ser responsables quienes tienen a sus críos sólo para saciar sus bajezas?… Usted bien lo sabe y me comprende, aunque nada puede hacer para cambiar las leyes, mucho menos costumbres tan arraigadas en tantos años de resequedad del alma…
Mi único consuelo es saber que mi pobre nieto ya está en la gloria de Dios. No pude hacer más por él, de haber tenido el valor de irnos a otro lado como él quería… Ahora me arrepiento, no tanto por miedo al cabrón que engatusó a mi hija, sino porque tengo temor de Dios y debo pagar en vida mis pecados… Las cosas sucedieron de otro modo, y ni modo de oponerse uno al destino que se trae a cuestas…
Todo empezó cuando mi hija se dejó embaucar por el cabrón que se atravesó en su camino como si el diablo así lo hubiera dispuesto… Yo no pude hacer nada, metida en los quehaceres de la casa, sin tener un hombre que me apoyara una vez que mi pobre viejo murió víctima de tanta angustia… Por más esfuerzos que hacía, por más que se esforzaba en su parcela, el dinero no nos rendía para tanto gasto, mucho menos cuando se dio a la bebida dizque para mitigar sus penas… Lo que consiguió, como se lo advertí, fue que en menos de cinco años la cirrosis puso fin a su vida… Le di gracias a Dios por llevárselo, era mucha carga para mí, ya había abandonado el trajinar de la siembra para trabajar en una maquiladora donde perdió su salud… La enfermedad se le declaró y en poco más de un año se fue de este mundo, dando gracias a Dios por llamarlo a cuentas antes de poner fin a su vida por su propia mano, así se ahorró un pecado más…
La mamá de mi nieto es mi hija menor, tuve otros dos hijos pero hace años que no sé de ellos; yo entiendo que agarraron el mal camino para ayudarme, al igual que lo hizo ella… Desgraciadamente se encontró con un cabrón sin alma, con perdón de usted, no con un hombre de buenos sentimientos y pronto la echó a perder… En un principio no pensé mal cuando me daba un dinerito que me sacó de apuros, aunque ya me latía que el rumbo que estaba tomando su vida no era sano, ¿pero qué más podía hacer yo sino esperar que todo fueran males pasajeros?… El tiempo fue pasando y ya no me preocupé por su situación sino por la mía, por mis problemas con mis nietos que iban creciendo y necesitaban más atención, tan es así que los mayorcitos siguieron el camino de su padre, como si así castigara Dios mis pecados de juventud…
No tengo cara para juzgar a mi hija, la comprendo y la perdono, no supe enseñarle a tiempo las fregaderas que hacen los hombres… Así que nomás agachaba la cabeza cuando me daba el dinero que nos hacía falta para dar de comer a mis nietos… Ella se vino de Tlaxcala a la capital con su fulano y nos fuimos apartando, yo dedicada a sacar adelante a sus tres chamacos como mejor podía… Los dejó porque así se lo exigió su padrote… me pareció que era lo mejor para todos, para no quedarme sola y por la mala espina que me dio el sujeto… No señor juez, a mi edad no tengo la posibilidad de conseguir un hombre, además las ganas se me fueron más pronto que los años y con los apremios de la vida se olvida una de todo… Aun así mis nietos asistieron a la escuela primaria. Pobrecitos, los compadecía porque las más de las veces se iban sin nada en el estómago… Mi hija se fue desentendiendo de su responsabilidad de madre, obligada seguramente por el maldito que la embrujó… Pobrecita, siempre tuvo mala suerte con los hombres, el padre de sus chamacos se largó al otro lado y nunca más volvimos a saber de él… No me importó porque yo estoy acostumbrada a deslomarme de sol a sol, lo que más me angustiaba era verlos regresar con hambre y saber que lo único en la mesa era sopa aguada, frijoles y una poquita de carne una vez a la semana; tortillas, un poco de leche y cafecito no faltaban, tampoco el chile… Creo que eso los ayudó a crecer y no irse a la cama con las tripas refunfuñando…
Al terminar la primaria, los dos mayorcitos buscaron la forma de ganarse el pan, primero con buenas intenciones, que fueron perdiendo al darse cuenta que sus patrones lo que menos tenían era honradez… Se olvidaron de hacer las cosas como Dios manda y empezaron a robar, sólo el más chico no quiso seguir sus pasos, se quedó conmigo para ayudarme a preparar dulces y pan que vendíamos entre los dos, cada uno por su lado. No le daba pena esa tarea que nos quitaba tiempo pero nos mantenía unidos… Le gustó al darse cuenta que así era útil, y a mí porque eso lo alejaba de las malas compañías que tanto daño hicieron a mis otros dos nietos… Apenas se sintieron hombres se fueron por su lado, tengo muy claro que se metieron a la maldad que llaman “trata de blancas”… Lo colijo porque hubo un tiempo en que se fueron a vivir con su madre; su fulano los aceptó al prestarse a sus fregaderas…
Él fue quien los inició en la mala vida, ya no quise saber más de ellos, menos cuando intentaron convencer a su hermano más chico… Me dio harto gusto cuando los rechazó, con muchos huevos aunque sólo tenía trece años… Sus hermanos, uno tiene diecisiete y el mayor dos años más… Su madre, o sea mi hija, tiene cuarenta y cinco pero parece de más edad por la vida que ha llevado desde que se arrejuntó con ese hijo de satanás. Maldigo el día que lo conoció aunque así lo dispuso Dios, seguramente. No me queda más remedio que aceptar sus designios… Lo veo como el castigo por mis pecados, aunque le juro que lo hacía para completar el gasto cuando mi viejo ya no tuvo ánimos ni voluntad para seguir en este mundo… El asunto es que no me podía cruzar de brazos. Lo único que puede hacer una mujer a la que se le cierra el mundo, es abrir las piernas al primero que se cruza en su camino con esa intención… Además, el tiempo se nos echa encima a las mujeres más rápido que a los hombres, se angustia una mucho al darse cuenta que no hay modo de detenerlo… Por eso finalmente perdoné a mi hija y nos seguimos frecuentando; aunque me desagradara toparme con su padrote, un tipo despreciable a primera vista que también acabé aceptando… ¿Qué otra cosa podía hacer para sobrellevar la vida?
Así lo hacen las madres en este pueblo, a sabiendas de que sus hijos se dedican a conseguir muchachas para hacerlas putas… Ya son tantos años que a todo se acostumbra uno, usted lo sabe muy bien… El caso es que esa es la principal actividad aquí de los jóvenes en edad de trabajar; ya no hay nadie que les haga ver la ilegalidad de su proceder, ni modo que una simple mujer como yo quiera meterse a redentora… Usted lo debe saber mejor que yo, perdone que se lo diga, pero ninguna autoridad hace nada por cambiar costumbres muy arraigadas, como en otros pueblos que viven según sus usos y costumbres… Si, son cosas muy distintas, yo también así lo creo, según mi entender que no es mucho… Si ni el señor cura del pueblo los recrimina, menos lo van a hacer sus madres… Es verdad, lo acepto: se vuelven cómplices de sus hijos al vigilar a las mujeres que literalmente secuestran… Las cuidan mientras ellos se van a ver dónde las colocan, en la capital, principalmente, mientras reúnen lo suficiente para viajar a la frontera con Estados Unidos…
Yo tuve que irme a Puebla, donde vivíamos muy tranquilos mi nieto y yo para que lo dejaran de molestar sus hermanos mayores: querían obligarlo a que los siguiera en sus malas andanzas… Nos tuvimos que mudar con mi hija a la capital porque se puso mala, tanto que a los tres meses murió… Debe haber sido consecuencia de su mala vida… Su muerte me dejó con el alma destartalada pero con mucha mala sangre… Ganas me daban de matar al cabrón que la llevó a la tumba, me las aguanté pa´ no dejar solo a mi muchachito… Cuando mi hija se agravó, el fulano se la trajo a casa de su madre en este pueblo maldito… Yo y mi nieto regresamos con ella, sólo para que sus últimos días no fueran tan amargos… Aquí murió, entonces quise regresar a Puebla, no lo hice porque el fulano ese me dijo claramente que por mera seguridad debíamos permanecer allí, en su casa… Entendí muy bien que no era una simple recomendación sino una amenaza; lo fui corroborando mientras transcurrían los días, al darme cuenta que todas las mujeres del pueblo actúan sin otra voluntad que la que imponen sus hombres…
En la calle, cuando tenía que salir al mercado a comprar, me miraban con recelo; me daba cuenta porque sus miradas me cortaban el aliento, sus cuchicheos los adivinaba: no tenían que decirme nada ni ganas me daban de ponerme a pleitear… Los domingos, en la iglesia, apenas me saludaban y fruncían el ceño, como si mi nieto y yo fuéramos unos intrusos… Cuando traté de hablar con el señor cura para pedirle su consejo, me dio la espalda después de advertirme que no me metiera en problemas… No quería que mi nieto se diera cuenta de nuestra situación, pero como no tenía un pelo de tonto llegó el día que me advirtió su decisión de matar a quien quisiera hacernos daño… Le dije que no había necesidad de pensar de ese modo, todo se iba a componer cuando regresaran sus hermanos, en unas dos semanas, me había dicho de mala manera el fulano satánico…
Por suerte nos dejó solos a mi nieto y a mí… Él se mudó a otra casa con su madre, una mujer igual a él; la odié apenas la conocí, al notar sus malos modos, su desprecio hacia mi muchachito porque no acepaba seguir los pasos de sus hermanos… De nada servía que yo tratara de entenderme con ella, no había modo de platicar porque de inmediato me reclamaba no obligar a mi muchachito a trabajar como sus hermanos… Llegó el día que le dije, con mucho enojo, que ese no era un trabajo sino una chingadera que tarde o temprano traería consecuencias… Esa vez nos hicimos de palabras, no nos trenzamos a golpes porque en ese momento llegó su hijo y nos separó; gracias a Dios, mi muchachito no estaba allí, de otro modo hubiera intervenido en el pleito y él se hubiera llevado la peor parte…
Ese enfrentamiento sirvió para que las cosas se pusieran en claro, el padrote le dijo a su madre que dejara de molestarnos, él se encargaría de cuidarnos mientras regresaban mis otros dos nietos… Entonces se fijarían las reglas a seguir, aunque me advirtió que me fuera haciendo a la idea de que mi muchachito tendría que avenirse a las costumbres de todos allí en el pueblo, no había otra salida: nadie las podía romper, esa era su forma de vida de muchos años atrás… Pensé que no tenían temor de Dios, no puede ser humana la madre que a sus propias hijas las prepara para venderlas al mejor postor, y sus hijos crecen con la idea de esclavizar mujeres… Dígame si no es una de las peores chingaderas que se pueden hacer en este mundo…
En semejante situación, los días se me hacían eternos, con el Jesús en la boca mientras mi muchachito salía a caminar por el pueblo… No se lo podía impedir, ni tampoco era conveniente alarmarlo con recomendaciones que no comprendía… Él tenía la idea de que su madre había muerto por su mala salud, no porque el fulano la explotara hasta que de plano la dejó inservible… No le pasaba por la cabeza lo que se vivía en ese pueblo endemoniado… No es fácil darse cuenta, todo está muy bien organizado, conforme a reglas que todos deben obedecer, desde los más jóvenes hasta los más viejos, cuando se retiran de la maldad y se dedican a lo que siempre todos debieran dedicarse: las labores del campo que son una bendición del Señor… Mi pobre muchachito seguía siendo un niño, aunque con cuerpo desarrollado, muy guapo para su desgracia… Por ese motivo era perfecto para la principal tarea de esos malditos, o sea encandilar muchachas bonitas para violarlas y prepararlas para la vida que en adelante deben seguir…
Sí señor, yo nací en Tlaxcala pero me fui muy joven a la capital… Eran otros tiempos, la gente no estaba tan maleada y el gobierno tenía mano dura para castigar a los malandros y rijosos… Me arrepiento de haber tenido la mala ocurrencia de acompañar a mi hermana cuando en la capital se le cerró el mundo al quedar viuda y nos regresamos aquí… Yo vine con mi hija, ese fue mi error porque la mostré a los perdularios que de inmediato le echaron el ojo apenas la vieron, tan bonita y en la flor de la edad a pesar de tener tres niños… Esto hace ya veinte años, me acuerdo muy bien porque yo traía en el vientre a un muchachito, como lo constaté cuando nació… Yo quería que mi hermana me ayudara en el parto y que mis dos hijos mayores que vivían en Estados Unidos me enviaran algún dinerito… Para entonces ya andaban metidos en sus fregaderas, hasta que su mala vida les cobró la factura.
Ahora que me pregunta, no me explico cómo fue que me embaracé después de tanto tiempo, ¡cinco años cumplía de no darle mortificaciones a mi panza casi marchita!… Me enredé con un buen hombre que conocía de muchos años, muy solo en el mundo y yo necesitada de calor luego de quedar viuda… Desgraciadamente, se murió a los tres años de que nos arrejuntamos… Le doy gracias a Dios por habérselo llevado, así no tuvo que cargar una vejez muy miserable… ¿Qué otra cosa podía esperar?… Eso me duele, desde luego, no está bien pensar así, lo cierto es que me sentí mejor cuando mi hijo, que nació de chiripa, también se murió: tenía apenas un año y dos meses… Mis nietos mayores, desgraciadamente se dejaron llevar por la mala vida, lo prefirieron a meterse en una maquiladora para ganar una miseria y trabajar sin descanso… No lo dudo, pero se viene al mundo a vivir honradamente, conforme a las normas de Dios, no a los dictados del demonio… Eso usted lo sabe muy bien, conoce a todo tipo de gente en su trabajo aquí en esta oficina…
Nunca me imaginé que una cosa así pudiera ocurrir, no tenía idea de que este pueblo se hubiera convertido en cueva de malditos, cuando en mi infancia, que yo recuerde, todos los hombres por esta región trabajaban honestamente; la mayoría en sus parcelas o de jornaleros; las mujeres tenían temor de Dios, metidas en sus casas cuidando a sus hijos, no como ahora que hasta los ayudan en sus fregaderas, sin tener conciencia de que eso es contrario a las leyes, tanto de este mundo cuantimás de las del cielo… Lo que más me asombra, y desconsuela, es ver que los señores sacerdotes no se toman la molestia de hacerles ver que lo que hacen no está bien; de nada sirve que haya cinco iglesias si sólo sirven pa´ tranquilizar su mala conciencia, hombres y mujeres… Las autoridades ni se diga, los solapan por treinta monedas que se convierten en su principal ingreso, como usted lo sabe muy bien… no es que lo esté recriminando, sólo quiero hacerle ver cómo son las cosas aquí, pues como recién llegado, no creo que conozca las reglas a las que debe someterse… Se lo digo para que se atenga a las consecuencias, si es que en realidad viene a enderezar la vida de este pueblo sin ley…
Al regresar mis dos nietos de sus andanzas, esa vez creí que la situación podría mejorar… Sucedió todo lo contrario, como lo supe desde el momento que vieron con malos ojos a su hermano menor… En vez de apoyarlo, como esperaba yo que lo hicieran, empezaron a recriminar su rechazo a seguirlos… El soñaba en una vida diferente, pobrecito, se angustió mucho cuando empezaron a decirle sus planes… Se lo querían llevar con ellos, arrebatármelo prácticamente de mi lado, según ellos pa´ quitarle lo pendejo y hacerlo hombre… Claro que me encabroné, les dije lo que tenía tantas ganas de sacar de mis entrañas, se largaron de mala manera… Mis ruegos de que nos ayudaran a regresar a Puebla les entraban por una oreja y les salían por la otra… En ese entonces mi hija estaba en Puebla, en un hospital, yo quería ir a visitarla junto con ellos para que su madre los viera… Se los dije con la intención de que se condolieran pero ni les importó saberlo; con tan mala entraña, sentí que esos no eran mis nietos… Los eché de la casa con malas palabras, de lo que me arrepentí después, pensé que no eran culpables del cambio en sus vidas, sino las circunstancias que los fueron trastornando, espiritual y físicamente: en poco tiempo hasta sus facciones se habían endurecido, y sus ojos parecían haber cambiado de color, sin el brillo de antes…
Imaginar que eso le pudiera ocurrir a mi muchachito, decidido a llevar una vida muy diferente, como me decía al platicarme sus sueños en los que él se miraba siendo otro, sin dejar de verse como es, yo quería buscar el modo de salir de este pueblo endemoniado, antes de que la situación se volviera más tensa… Así como iban las cosas, pronto llegaría el momento que sin más trámite se lo llevarían contra su voluntad y la mía, sin importarles las consecuencias de su mal proceder… Por eso le dije el plan que tenía pensado, la urgencia de escaparnos porque en realidad estábamos presos, aunque él no lo veía de ese modo… Esa noche se la pasó pensando en mis palabras, al día siguiente me dio su conformidad. Dijo que yo tenía razón, todos sus compañeros de la escuela lo único que pensaban era terminar la primaria para seguir los pasos de sus hermanos mayores, como si ese fuera su destino sin que nada ni nadie pudiera hacer algo para cambiarlo… Eso finalmente fue lo que lo impulsó a decidirse, aceptar mis palabras como un decreto imposible de modificar…
A partir de ese momento nos entregamos al plan que debíamos concretar pronto, adelantarnos a los de sus hermanos, ansiosos de tenerlo a su lado; según ellos, la mejor manera de ayudarnos a que todos en el pueblo nos aceptaran, entonces la vida cambiaría para bien… Cuando los escuché decir eso, antes de correrlos sentí ganas de maldecirlos, decirles que ya no eran mis nietos, no podían serlo si se comportaban peor que animales de la selva, sin alma ni conciencia… No se los dije, pero en mi interior sentí el dolor que se siente al perder un hijo, el mismo que siento ahora cuando mi muchachito ya está en el cielo… Lo más doloroso para mí es saber que sus propios hermanos lo mataron, con una saña que no se merecía, como si lo odiaran por haber nacido… Mi único consuelo es saber que prefirió morir en vez de seguir la mala vida que le esperaba en este mundo.
















