Ciudad de México, octubre 23, 2026 15:03
Opinión

EN AMORES CON LA MORENA / Las ruinas de la Generación X

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Creímos que el mundo podía cambiar a fuerza de preguntas. Hoy, después de décadas de trabajo, nos preguntamos si tendremos derecho a una vejez digna.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

En los años ochenta no cambiábamos el mundo, pero nos atrevíamos a inventarlo con preguntas. Con dudas, con cuestionamientos, con esa desconfianza hacia las respuestas oficiales que nos hacía sospechar que la realidad no tenía por qué ser como nos la habían contado. Todavía no sabíamos qué íbamos a hacer con nuestras vidas, pero empezábamos a comprender que tampoco los adultos tenían todas las respuestas. Esa incertidumbre era parte de nuestra libertad.

La película Sólo una ilusión, de Éric Toledano y Olivier Nakache, que forma parte del Tour de Cine Francés, nos devuelve a ese territorio. Situada en el París de 1985, sigue a un adolescente que descubre las contradicciones de su familia, las incertidumbres del amor y las dificultades de crecer en un mundo que parece tener sus propias reglas, aunque nadie sepa explicar del todo por qué. La película recupera una época sin convertirla en una postal perfecta: la vida todavía estaba llena de preguntas y la imaginación permitía ensayar respuestas.

Quienes hoy tenemos entre 49 y 59 años podemos reconocernos en esa atmósfera. No porque nuestra juventud haya sido mejor que la de quienes vinieron después, sino porque crecimos cuando el desencanto todavía no se había convertido en indiferencia. Desconfiábamos del poder, cuestionábamos las instituciones y discutíamos con nuestros padres y entre nosotros. Salíamos a la calle sin tener la certeza de que algo cambiaría. La posibilidad de equivocarnos no nos eximía de intentarlo.

Hace muy poco, Facebook se llenó de fotografías que recuperaban el aspecto de los años ochenta. Se sumaron personas de nuestra generación y también otras que entonces ni siquiera habían nacido. Volvieron los peinados, las prendas, los colores, las fotografías granuladas y esa estética que hoy parece contener una contraseña para entrar en una época convertida en objeto de deseo. Los ochenta regresaron como imagen, como filtro, como una manera de reconocerse en una memoria compartida, incluso cuando esa memoria no es propia.

Uno veía aquellas fotografías y pensaba que ojalá, además del look, regresara algo de la actitud con la que vivimos entonces. No porque los ochenta hubieran sido mejores ni porque quienes fuimos jóvenes en aquella década estuviéramos libres de contradicciones, sino porque aprendimos a vivir el desencanto sin resignarnos por completo a él. Había motivos de sobra para desconfiar de los gobiernos, de las promesas económicas, de las instituciones y de los grandes relatos ideológicos. Sin embargo, la desconfianza todavía podía convertirse en participación. La decepción no obligaba a quedarse en casa.

En México, el terremoto de 1985 mostró hasta qué punto una sociedad podía organizarse cuando las instituciones no respondían a la altura de la tragedia. La solidaridad ciudadana, las brigadas espontáneas y las formas de organización que surgieron de aquella catástrofe dejaron una huella profunda en la vida pública. No se trataba de idealizar a una sociedad que también tenía desigualdades, prejuicios y silencios, sino de reconocer que miles de personas descubrieron su capacidad de actuar sin esperar instrucciones del poder.

También estaban los movimientos estudiantiles, las luchas sindicales, las organizaciones vecinales, las reivindicaciones feministas, los movimientos por los derechos humanos y las exigencias de democratización. Cada uno tuvo sus diferencias, sus derrotas y sus contradicciones. En conjunto, contribuyeron a modificar la conversación pública y a erosionar la idea de que las cosas debían permanecer como estaban porque así habían sido siempre.

No éramos necesariamente más sabios ni más valientes. Pero podíamos estar desencantados y seguir participando; perder una batalla sin concluir que toda lucha era inútil. No necesitábamos creer que cambiaríamos el mundo para intentar modificar lo que teníamos enfrente.

La generación X también se equivocó. No todos participaron en movimientos sociales ni mantuvieron intactas sus convicciones. Algunos se acomodaron; otros abandonaron sus ideales y hubo quienes terminaron defendiendo aquello que antes cuestionaban. No se trata de absolvernos como generación, sino de rescatar una sospecha que entonces conservaba fuerza: ninguna ideología debía tener la última palabra sobre la experiencia humana.

La política contemporánea parece atrapada en un péndulo que oscila entre las ultraderechas y las ultraizquierdas –solo por jugar con una forzada y falaz geometría, como suelo repetir– aunque sus proyectos, sus responsabilidades y sus consecuencias no sean equivalentes. Cada extremo encuentra en el otro una justificación para radicalizarse, mientras el debate se llena de consignas, descalificaciones y adhesiones que dejan poco espacio para la duda. La identidad política se convierte en uniforme y la discrepancia, en una sospecha de traición.

No es la radicalidad, por sí misma, lo que tendría que preocuparnos. Las transformaciones profundas suelen exigir que alguien cuestione lo que los demás dan por sentado. El problema aparece cuando la radicalidad sustituye al pensamiento, cuando la indignación se vuelve espectáculo y cuando la complejidad humana queda reducida a una consigna. Podemos discutir las desigualdades, el poder, el mercado, la justicia o la libertad con toda la dureza que exijan los problemas; lo que no deberíamos hacer es renunciar a comprender a las personas en nombre de una causa que asegura comprenderlo todo.

Quizá por eso la nostalgia de los ochenta tiene algo de oportunidad perdida. Por eso Solo una ilusión me humedeció los ojos. Podemos recuperar la ropa, la música, los peinados y las fotografías, pero lo verdaderamente valioso sería recuperar aquella disposición a cuestionar incluso las ideas con las que nos identificábamos. La capacidad de disentir sin deshumanizar, de cambiar de opinión sin sentir que hemos traicionado una causa, de reconocer que la realidad no cabe entera en una consigna.

Para entender la paradoja de nuestra generación hay que regresar a la letra con la que nos bautizaron.

El término Generación X se popularizó internacionalmente gracias al escritor canadiense Douglas Coupland, quien publicó en 1991 la novela Generation X: Tales for an Accelerated Culture. El libro retrataba a jóvenes desencantados con las convenciones sociales y con la promesa de que el éxito económico bastaba para darle sentido a una vida. La expresión tenía antecedentes, pero Coupland convirtió aquella X en una referencia cultural para quienes parecían no encontrar un lugar definido en el mundo que les habían heredado.

La letra era una incógnita: representaba a quienes desconfiaban de las promesas de prosperidad y buscaban una identidad fuera de las categorías tradicionales.

En México, esa incógnita convivió con una historia política muy concreta. Crecimos entre las crisis económicas, el autoritarismo priista, las movilizaciones sociales y las primeras grandes fracturas del sistema político. La televisión todavía era una ventana limitada al mundo, pero las imágenes que llegaban de otras latitudes podían cambiar nuestra manera de entenderlo. Leíamos, escuchábamos música, discutíamos y descubríamos que el mundo era mucho más grande que las explicaciones oficiales que recibíamos.

Entonces llegó noviembre de 1989.

La caída del Muro de Berlín fue uno de esos acontecimientos que parecen modificar no sólo el orden internacional, sino también la imaginación de quienes los presencian. Una frontera que durante décadas había simbolizado la división ideológica del planeta comenzó a desmoronarse ante la gente que la cruzaba, la golpeaba y celebraba su apertura. En 1991 desapareció la Unión Soviética. Europa inició un proceso de integración que tomó forma institucional con el Tratado de Maastricht de 1992 y que amplió, con el paso de los años, las posibilidades de movilidad, estudio y trabajo para millones de ciudadanos.

No era el fin de la historia, como se apresuraron a proclamar algunos. Las guerras, las desigualdades y los conflictos no tardarían en recordarlo. Pero sí se había abierto una posibilidad extraordinaria: las estructuras que parecían inamovibles podían cambiar y las decisiones políticas podían modificar la vida cotidiana de generaciones enteras.

Europa ofreció una demostración tangible de ello. Con diferencias importantes entre países y sin estar exenta de crisis, la integración permitió ampliar derechos y oportunidades, mientras los sistemas públicos de salud, pensiones y protección social siguieron funcionando como una red de seguridad para amplios sectores de la población. El capitalismo europeo no eliminó la precariedad ni la desigualdad, pero la existencia de instituciones de bienestar hizo posible que muchas personas afrontaran la vejez sin depender exclusivamente de sus ahorros individuales o de la ayuda de sus familias.

En México, la transición democrática avanzó por otra ruta. Pasamos de las crisis de los ochenta a las reformas económicas de los noventa y de la erosión del sistema de partido dominante a la alternancia presidencial de 2000. Hubo conquistas ciudadanas, nuevas instituciones y libertades importantes, pero la democratización no resolvió los problemas salariales, la precariedad laboral ni la desigualdad en el acceso a la protección social.

La transición se prolongó hasta convertirse, en ocasiones, en una promesa que cada generación de políticos volvía a formular como si acabara de descubrirla. Cambiaron los partidos, los discursos y los protagonistas. Para muchos trabajadores, sin embargo, la incertidumbre económica siguió acompañando cada etapa de la vida.

Quienes hoy tenemos entre 49 y 59 años pertenecemos a una generación que todavía conoció buena parte de su vida laboral bajo la expectativa de la seguridad social. Muchos comenzamos a cotizar cuando parecía razonable imaginar una trayectoria de trabajo, cierta estabilidad, una vivienda, algunos ahorros y una pensión que permitiera conservar la independencia al llegar a la vejez.

No todos tuvimos esa suerte. Hubo despidos, empresas desaparecidas, empleos informales y salarios insuficientes que hicieron imposible ahorrar. Pero hay quienes acumulan 30, 35 o incluso 40 años de cotizaciones al Instituto Mexicano del Seguro Social, aportaciones hechas bajo la expectativa de contar con protección al dejar de trabajar.

Ahora ese momento se acerca y aparece una pregunta que debería incomodar a cualquier gobierno que se diga comprometido con la gente: ¿cómo es posible que una persona que trabajó durante casi toda su vida termine dependiendo de una pensión insuficiente para pagar sus gastos básicos?

El problema resulta especialmente duro para quienes pueden pensionarse bajo el régimen de la Ley del Seguro Social de 1973. En ese sistema, el cálculo considera, entre otros factores, las semanas cotizadas, la edad de retiro y el promedio del salario base de cotización de las últimas 250 semanas. Eso significa que una persona que tuvo ingresos superiores durante buena parte de su trayectoria puede encontrarse en una situación desfavorable si terminó su vida laboral con un sueldo mucho menor.

Cinco años pueden pesar de manera decisiva en el cálculo de una pensión construida a lo largo de tres o cuatro décadas.

Pensemos en alguien que durante años tuvo un sueldo suficiente para mantener una casa, pagar impuestos, sostener a su familia y contribuir al Seguro Social. Después perdió el empleo, aceptó una remuneración inferior o tuvo que incorporarse a una actividad peor pagada. Al acercarse al retiro descubre que su pensión puede quedar muy por debajo de lo que necesita para vivir.

¿De verdad podemos llamar justo a ese resultado?

La pensión no es un premio por haber tenido una carrera exitosa ni una dádiva que el Estado concede por generosidad. Es parte de una relación de años entre los trabajadores, sus empleadores y las instituciones públicas. Las cotizaciones fueron obligatorias; la expectativa de protección formó parte de las reglas del sistema. No puede exigírsele a una persona que contribuya durante décadas y, al llegar a la vejez, tratarla como si hubiera cometido el error de confiar en esas reglas.

Por eso la Modalidad 40 se convirtió para muchos en una última oportunidad. La Continuación Voluntaria en el Régimen Obligatorio permitía a quienes cumplían los requisitos seguir cotizando después de dejar un empleo asalariado, elegir una base salarial dentro de los límites legales y mejorar, bajo determinadas condiciones, el cálculo de su futura pensión.

No era una solución universal ni garantizaba una jubilación elevada. Exigía recursos, planeación y una situación laboral que permitiera cubrir las aportaciones. Quien podía pagarla tenía una oportunidad de mejorar su retiro; quien carecía de dinero suficiente quedaba en desventaja. Aun así, para muchos trabajadores representaba la posibilidad de compensar parcialmente los efectos de un último salario bajo.

Y entonces llegó el golpe.

El 21 de octubre de 2026 se publicó un acuerdo del Consejo Técnico del IMSS que entró en vigor al día siguiente y estableció nuevas restricciones para las incorporaciones a la Modalidad 40. Para quienes soliciten ingresar bajo las nuevas reglas, el salario de cotización quedará limitado al último salario base registrado al causar baja del régimen obligatorio, con la posibilidad de incrementarlo hasta una Unidad de Medida y Actualización adicional. Además, las nuevas incorporaciones surtirán efectos desde la fecha de la solicitud, sin la posibilidad de contratar retroactivamente.

Conviene precisar el alcance: el acuerdo no elimina la Modalidad 40 ni borra los salarios y las semanas efectivamente cotizados. Quienes ya estaban inscritos conservarán las condiciones de su periodo contratado hasta que concluya. Sin embargo, quienes todavía no habían ingresado y esperaban mejorar su base salarial pueden encontrarse con que esa estrategia ya no está disponible en los mismos términos.

El IMSS ha planteado la necesidad de revisar el impacto financiero del esquema y evitar irregularidades. La sostenibilidad de un sistema de pensiones es una preocupación legítima, y cualquier mecanismo debe tener reglas claras. Pero esa discusión no puede reducirse a una operación contable ni a la sospecha generalizada sobre quienes buscan mejorar su jubilación.

Porque detrás de cada expediente hay una biografía laboral, una vida personal y seguramente muchos dolores inherentes a ella. Hay personas que cotizaron durante décadas, que no decidieron cuándo cerrarían las empresas donde trabajaban, que no siempre pudieron conservar su salario y que se acercan a los sesenta años sin tiempo suficiente para reconstruir una carrera profesional.

El acuerdo del IMSS convierte esa incertidumbre en una pregunta concreta: ¿qué alternativa ofrece el Estado a quienes llegan al retiro con cientos o miles de semanas cotizadas, pero con un salario final que no representa el esfuerzo de toda su vida?

Decirles que ahorren más llega demasiado tarde para muchos. Recomendar inversiones tampoco resuelve el problema cuando los salarios nunca permitieron ahorrar. La jubilación no puede presentarse como un asunto exclusivamente individual si el propio sistema determina buena parte de las condiciones para alcanzarla.

Hay una crueldad particular en modificar las reglas cuando una generación está llegando a la meta. Quienes hoy tenemos entre 49 y 59 años no podemos regresar a los treinta para elegir otra profesión, reconstruir nuestra trayectoria salarial o comenzar de nuevo un ahorro para la vejez. Nos encontramos en una etapa en la que todavía necesitamos trabajar, pero ya tenemos que calcular cuánto tiempo más podremos hacerlo y con qué ingresos viviremos cuando dejemos de recibir un sueldo.

A la generación X le correspondió adaptarse a las transformaciones tecnológicas, las crisis económicas y los cambios del mercado laboral, en una democracia que nunca cumplió todas sus promesas. Ahora debe afrontar una vejez en la que décadas de cotización pueden traducirse en una pensión pírrica.

Quizá por eso Sólo una ilusión nos conmueve de una manera distinta. Vincent tiene trece años y todavía puede mirar el mundo con la incertidumbre de quien no sabe qué va a ser de su vida. Nosotros hemos pasado décadas averiguándolo. Hemos visto caer muros, cambiar gobiernos, desaparecer empleos, transformarse las ciudades y multiplicarse las promesas de modernidad. Hemos aprendido a utilizar tecnologías que no existían cuando comenzamos a trabajar y a desempeñar oficios que nuestros padres apenas habrían reconocido.

La X que alguna vez representó una incógnita hoy parece una cuenta pendiente: la de una generación que imaginó un futuro distinto y ahora debe pelear por una vejez digna.

A quienes están entre los 46 y los 49 años quizá les corresponda una zona de transición entre nuestra generación y la millennial, aunque las generaciones nunca se delimitan con exactitud matemática. Para quienes ya estamos cerca de los sesenta, la pregunta es más inmediata: cuánto tiempo queda, cuánto se puede cotizar, cuánto habrá que pagar y qué clase de vida será posible sostener después del último día de trabajo.

No creo que la generación X haya fracasado por haber perdido la rebeldía de los veinte años. La vida impone responsabilidades, obliga a negociar con la realidad y exige renuncias. Lo verdaderamente grave es que, después de haber contribuido durante tantos años a la economía formal, tengamos que dedicar la última etapa de nuestra vida a defender la posibilidad de retirarnos con dignidad.

Las ruinas no son solamente las de nuestras antiguas certezas. Son también las de un pacto social que prometía que trabajar y cotizar tendría consecuencias concretas cuando llegara la vejez.

Tal vez por eso conviene volver a aquellas fotografías que circularon en Facebook. Podemos recuperar la ropa, los peinados, las canciones y las imágenes de una década que se ha vuelto objeto de nostalgia. Podemos incluso sonreír ante la manera en que otras generaciones imaginan cómo vestíamos y qué música escuchábamos. Pero la herencia que valdría la pena conservar no está en el espejo.

Está en la capacidad de preguntar por qué las cosas son como son. En la disposición a cuestionar las promesas del poder, a no confundir una consigna con una respuesta y a no renunciar a la profundidad humana en medio de las disputas ideológicas. Está en comprender que ninguna causa debería volvernos indiferentes ante la vida de los demás.

Y quizá ahí se encuentre la mayor ironía de nuestra generación. Crecimos creyendo que el mundo podía inventarse a fuerza de preguntas. Hoy tenemos que preguntar por qué, después de 35 o 40 años de trabajo, todavía no sabemos si podremos vivir de nuestra pensión.

Aquel muchacho de 1985 podía permitirse pensar que todo era posible. Nosotros, al fin sobrevivientes que ya conocemos el precio de casi todo, seguimos sin saber cuánto costará nuestra vejez.

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