Ciudad de México, julio 7, 2026 11:21
Francisco Ortiz Pardo Opinión

EN AMORES CON LA MORENA / La fiesta terminó

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El Mundial unió por unos días a un país que sigue sin encontrar respuestas para sus derrotas cotidianas.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Se acabó
El Sol nos dice que llegó el final
Por una noche se olvidó
Que cada uno es cada cual

Joan Manuel Serrat.

Durante unas semanas pareció que México encontraba, por fin, una causa común. Oficialismo y oposición, empresarios, comentaristas, influencers, intelectuales y hasta algunos colectivos de la sociedad civil hablaban el mismo idioma: el del futbol. El Mundial consiguió lo que la política ha sido incapaz de construir durante años: una emoción compartida.

Pero era apenas un espejismo.

La realidad —la cruda realidad— es que la Selección no logró siquiera igualar, pese a todos sus esfuerzos, lo conseguido en los Mundiales de 1970 y 1986, cuando México sí alcanzó los cuartos de final. Esta vez tampoco fue.

Los jugadores hicieron lo que pudieron. Nadie puede reprocharles haber competido. La derrota deportiva forma parte del juego. Lo preocupante comienza cuando esa derrota se convierte en asunto de Estado y los políticos salen, una vez más, a administrar emociones.

Pero los políticos no administran las derrotas de la Selección. Administran las suyas propias.

La derrota de no haber sido capaces de ofrecer al país soluciones a sus problemas más urgentes. La de una ciudad que se paraliza con cada tormenta. La de millones de personas que invierten hasta cuatro horas diarias en trasladarse. La de servicios públicos que no están a la altura de una capital que presume ser de clase mundial. La de una inseguridad que ya forma parte del paisaje cotidiano.

Mientras tanto, quienes gobiernan ocupan lugares privilegiados en el Estadio Azteca. Los cercanos al poder aparecen en los mejores palcos, porque ellos sí pueden —y, al parecer, creen que también lo merecen— gritar los goles a unos metros de la cancha. Nunca explican por qué los demás no. Nunca explican por qué el sacrificio cotidiano parece estar reservado para los ciudadanos, mientras los privilegios permanecen intactos para la clase política.

Se sigue invocando una supuesta superioridad moral mientras se normalizan excesos que hace unos años habrían provocado escándalo: comidas en restaurantes exclusivos, hospedajes en hoteles de lujo, viajes y comodidades que contrastan con la vida de quienes apenas consiguen llegar a fin de mes. La austeridad termina siendo un discurso para unos y una excepción para otros.

Afuera del estadio la realidad era distinta. Personajes como Cuauhtémoc Blanco encontraron el repudio de quienes ya no distinguen entre camisetas y partidos políticos. Ahí estaban los excluidos, con las camisetas roídas y empapadas por la lluvia, con un aerosol en la mano para dejar estampada su indignación donde encontraran un muro. También esa imagen forma parte del Mundial que se quiso vender como una gran fiesta nacional.

Vinieron las madres buscadoras y los colectivos de familiares de personas desaparecidas para aprovechar la atención internacional y recordar que México carga una tragedia infinitamente más dolorosa que una eliminación mundialista. Las vieron quienes quisieron verlas. Los demás siguieron de largo. Ahora que terminó el torneo probablemente las verán menos, pese a los señalamientos formulados desde las Naciones Unidas sobre la crisis de desapariciones que vive el país.

Ante la frustración, sin capacidad para asimilar las derrotas como aprendizaje para ser mejores, resurge con toda su fuerza en la cancha tres veces mundialista el grito de ¡Putooo! contra el rival. ¿Cuándo nos veremos al espejo? Una escena triste describe todo: Al terminar el partido, las banderas mexicanas eran rematadas por los vendedores ambulantes a mitad de precio.

¿Dónde está, entonces, la empatía? ¿Dónde la solidaridad entre los mexicanos de la que tanto se habla cuando un gol nos abraza durante unos minutos?

La respuesta incomoda.

Nuestra unidad suele durar lo que dura un partido. Compartimos la euforia, pero no el compromiso. Nos abrazamos por un gol, pero rara vez por una causa. Nos duele perder un encuentro, aunque terminamos aceptando con resignación derrotas mucho más profundas.

También los ajolotes pintados bajo los puentes, convertidos otra vez en ríos por las tormentas, comienzan a desdibujarse. Fueron parte de la escenografía mundialista. Como tantas otras cosas, estaban pensados para la fotografía, no para resistir el paso del tiempo ni la fuerza del agua. Y mientras la ciudad festejaba, los ajolotes reales —esos que agonizan en peligro de extinción— servían como una terrible metáfora de nuestras propias hipocresías.

Todo volverá a ser como antes. O quizá peor.

Queda la crueldad del humor que pone en memes al pato (ganso) Merlín cocinado al orange.

La FIFA, en cambio, sí ganó. Lo hizo sin un gobierno capaz de hacerle pagar los impuestos correspondientes por tamaño de negocio. Las marcas, las televisoras. Los de siempre, protegidos por el mismo sistema que nos pide paciencia.

Los comentaristas deportivos comenzarán a construir la narrativa de siempre: que ya viene una nueva generación, que ahora sí se aprendió la lección, que en 2030 México podrá competir de verdad con los gigantes. Es un relato conocido. Tan conocido como el desenlace.

Y mientras tanto seguiremos escuchando que los mexicanos merecíamos un respiro, un recreo frente a tantos problemas. Tal vez sea cierto. Pero el país necesita mucho más que un alivio pasajero.

No veo a una sociedad que manifieste el mismo hartazgo frente a las cuatro horas perdidas en el transporte, frente a las inundaciones, frente a la corrupción, frente a la desigualdad o frente a las desapariciones. Veo, más bien, una resignación silenciosa.

Cuando pase la euforia, millones lavarán sus camisetas, las doblarán con cuidado y las guardarán en un cajón. El Mundial quedará como un recuerdo. Después volverá la rutina. El despertador. El tráfico. El Metro detenido. La lluvia. Los pendientes. La incertidumbre.

Como si nada hubiera pasado.

Y quizá ésa sea la mayor victoria del poder: que el entusiasmo colectivo sirva apenas como un paréntesis antes del regreso a la normalidad. Una normalidad donde seguimos creyendo que basta con celebrar al país para no exigirle que corresponda a quienes lo sostienen todos los días con su trabajo, sus impuestos y su paciencia.

La Selección quedó eliminada. La fiesta terminó. Las condolencias oficiales también pasarán.

Las derrotas de verdad, esas que administran nuestros gobernantes, seguirán esperando el silbatazo final.

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