Ciudad de México, julio 6, 2026 16:05
Ana Cecilia Terrazas Dar la Vuelta Opinión

DAR LA VUELTA / Cuando llueve sobre mojado

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Las lluvias extremas dejaron de ser una excepción en Ciudad de México, pero los capitalinos seguimos enfrentándolas como si fueran una sorpresa.

POR ANA CECILIA TERRAZAS

Salir a dar la vuelta en los días que corren bajo este antropoceno chilango amerita conocimientos elementales de navegación asfáltica. La enorme, impredecible y voraz Ciudad de México que tanto amamos, ha decidido que de ahora en adelante ya no le bastará con la llovizna. Una ciudad de esta envergadura debe lucir su abundancia ante la llegada del cambio climático de manera magna, mediante diluvios capitalinos sin tregua, anegando calles, callejones y avenidas bajo esos riachuelos de aparición espontánea que no hacen poco daño durante su andar.

Las estadísticas decían que en esta ciudad llueve alrededor de 110 o 120 días al año lo cual ocuparía una minúscula fracción de las 8 mil 760 horas que componen el año; sin embargo, desde hace algunos años para acá, cuando el cielo se desploma, las nuevas lluvias adquieren el peso de una eternidad que evidencia nuestra vulnerabilidad, por lo menos como especie chilanga.

La paradoja es tan vieja como el Valle Metropolitano. Sabemos que la temporada llega puntual, pero nunca estamos preparados. Dar vuelta bajo la tormenta se convierte en un catálogo improvisado de supervivencia textil. Brotan por doquier los ponchos de plástico multicolor, los hulitos para tapar la cabeza y esos paraguas maltrechos que terminan vencidos por el viento. Mientras tanto, la infraestructura urbana cruje. Los baches de la alcaldía se transforman en lagunas traicioneras, las avenidas colapsan en inundaciones instantáneas y, puertas adentro, las goteras comienzan su rítmico y nefasto goteo, recordándonos que el afuera siempre encuentra una grieta para colonizar.

Y por alguna razón, los chilangos seguimos sin una preparación formal para adecuar nuestro vestido o vida veraniega a la lluvia; no salen a relucir las botas de lluvia ni las gabardinas y en todos lados olvidamos los paraguas. Acabamos empapados sí o sí en la Ciudad de México, porque como que no nos la creemos nunca; no nos bastan los avisos del cielo gris, los rayos y truenos, los avisos en noticiarios. En nuestra esperanza e imaginario, los veranos capitalinos son soleados y las blusitas, vestidos y sandalias pueden aguantar.

Hoy por hoy, los minipaseos o trayectos bajo las fuertes lluvias de la capital nos han hecho apresurar los pasos, escapar de lo mojado y, aún así, no nos creemos que, durante casi todo el año, en esta ciudad, nos llueve sobre mojado.

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