Ciudad de México, octubre 1, 2026 08:38
Revista Digital Octubre 2026

Del dolor a la alegría, sin escala en el olvido

“Recordarla, siempre recordarla…”

POR FRANCISCO ORTIZ PINCHETTI

Me parece que el duelo es una manera de morir. En alguna forma nos permite acercarnos al ser querido que ya no está, cuando tenemos la convicción de que en otro sitio nos espera. Esa es al menos mi experiencia personal frente a la ausencia de mi amada compañera, Becky, con quien compartí el anhelo de vivir durante 24 años. Su ausencia, larga como una sombra vespertina, cumplió ya cuatro años y medio.

Cuando ella se fue de manera inesperada, adelantada además, sentí, más que dolor, coraje. Renegué. Pasé días amargos, crueles, durante los cuales llorar no era una forma de desahogo, sino una manera de mostrar mi desolación.

Encontré en Las confesiones de San Agustín un clavo del cual asirme. Ahí, quien es considerado uno de los grandes doctores de la Iglesia Católica relata la última conversación que tuvo con su madre, antes de que ésta falleciera. Y transcribe su postrera voluntad, ya agonizante: Enterrad este cuerpo en cualquier parte, ni os preocupe más su cuidado; solamente os ruego que os acordéis de mí ante el altar del Señor, doquiera que os hallareis.   

Cada día despierto con el recuerdo de Rebeca. Con el paso de los días, las semanas y los meses, he aprendido a convertir el dolor por su ausencia en oportunidad de encontrarnos. Hace rato dejó de lastimarme el recuerdo de su sonrisa, su respaldo incondicional, sus ocurrencias geniales, sus enojos caprichosos y muchas veces divertidos o su enorme capacidad de asombrarse.  Desde entonces voy con ella a los lugares que nos gustaban, imagino nuestros viajes (su segundo amor, después del mío), recreo los momentos intensos, muchos, que vivimos. Y transito increíblemente hacia la alegría más allá del consuelo.

Recordarla, siempre recordarla, como pidió Santa Mónica. Ese es el sentido de mis mensajes mensuales a través de WhatsApp a nuestros familiares y amigos cada día 10 del mes, –acompañados siempre con alguna foto suya— a través de WhatsApp, a los que se refiere mi queridísimo hermano Gerardo Galarza en su conmovedor texto en esta misma edición. Becky partió el 10 de febrero de 2022. Más temprano que tarde, sabemos los creyentes, estaremos juntos otra vez y para siempre. La muerte adquiere entonces el sentido del reencuentro.  

Y les juro que, mientras tanto, todos los días y a todas horas tengo algún recuerdo que me hace estar a su lado. Todos los días, a todas horas. Un café, un paisaje, una calle, un platillo, una tienda, un tranvía. Un cielo, una risa, un pleito, un plan. La lluvia, el semáforo, los árboles, el parque, el Metro, la taquilla, la música, el niño, los payasos, el periódico, las manzanas, el césped. Xochimilco, Campeche, París, Guanajuato, Cuzco, Malinalco, La Habana, San Cristóbal Las Casas, Mulegé, Venecia, Santillana del Mar, Tapalpa, Veracruz, Lisboa, Creel, Sevilla, Belgrado, Coyoacán, Buenos Aires, Madrid, Cuetzalan, Budapest… Uno no imagina la cantidad de vivencias, la mayoría insignificantes, algunas memorables, que guarda en su memoria y que muchas veces el dolor impide que afloren en nuestra vida simple y cotidiana. ¡Hay que dejarlas fluir, sin miedo!  

Me parece que ese sería el consejo que le daría a quien ha sufrido una pérdida, de cualquier índole: que lejos de angustiarse por esa realidad imposible de modificar, o de intentar el olvido, convierta la amargura en ocasión de sosiego, gratitud y alegría.   

Compartir

comentarios

Artículos relacionadas