Medio siglo me ha quedado corto
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“Quizás ni siquiera podamos dar cuenta de nosotros mismos con la claridad que quisiéramos, como si un espejo pudiera devolvernos las respuestas a nuestras interrogantes”.
Para todas las mujeres que he sido y las que todavía no soy.
POR MELISSA GARCÍA MERAZ
Quizás para muchos el INEGI llega tarde, muy tarde, en su diagnóstico de la baja fecundidad de nuestro país. No porque el fenómeno sea nuevo. Desde hace décadas, mexicanas y mexicanos hemos vivido transformaciones poblacionales que han repercutido profundamente en nuestra forma de vida. Pero una cosa es contar los nacimientos y otra, muy distinta, comprender lo que significa dejar de imaginar una familia como la imaginaron nuestros padres y abuelos.
Por años, el Estado promovió la planificación familiar. Sin embargo, me pregunto si alguna vez nos detuvimos a pensar en las consecuencias emocionales de esa transformación. ¿Qué ocurre cuando cambian no solo las cifras, sino las vidas que creemos que deberíamos vivir?
Pasamos, a veces incluso, en un mismo grupo de hermanos, a configuraciones totalmente diferentes en formas de ver la vida. Pienso, por ejemplo, en familias de seis, siete o más hermanos, entre quienes existen diferencias importantes de edad y que, aun habiendo crecido bajo un mismo techo, han construido formas de vida completamente distintas.
Algunos, los más grandes, tienen una casa y han formado una familia. Las mujeres trabajan fuera y dentro del hogar, han cuidado a los hijos y se dedican también al cuidado de los mayores. Otros, los hermanos más jóvenes, no están casados, viven con otros compañeros con quienes comparten el tiempo, los gustos y los viajes. No tienen hijos y, si es posible, se dan el lujo de tener un perrito a quien cuidar.
A veces, pienso que he vivido muchas vidas. Recuerdo esos días en los que la vida, aun compleja, se componía en una serie de cuidados que mi abuela y mi madre me regalaban. Asistir al colegio, tener las mejores notas, jugar con muñecas que estudiaban, se casaban y tenían una familia y un buen trabajo.
Después, mucho después, abandonar la idea de tener familia, de ser madre. No, no fue una decisión difícil ni fácil, solo fue una decisión más que tuve que tomar. Y sí, así como podríamos reconocer a parte de nuestra generación X como una generación que creció estudiando con papel y lápiz, adoptó fácilmente el walkman, inició sus estudios con internet limitado y los terminó con un correo, inició amistades digitales en MySpace, triunfó en Facebook y se convirtió también en usuaria de Twitter e Instagram, también esas transformaciones marcaron la forma en que vivimos nuestras elecciones de vida.
Pero no todas las transformaciones han sido tan fáciles de incorporar a nuestra vida. Hemos transitado de las posibilidades de una intimidad más libre, que Giddens imaginó en las transformaciones de las relaciones modernas, a las incertidumbres de los vínculos que Bauman describió como líquidos. Hemos aprendido a explorar nuevas formas de amar, de relacionarnos y de separarnos, todo en un periodo de cambio tan corto. Ha sido más fácil adoptar la tecnología que el cambio en mi corazón.
Sí, a veces pienso que he vivido muchas vidas, todas diversas. Una en la que mi abuela me carga en brazos, me arropa, me cuida. Otra donde veo tus ojos enmarcados en esas hermosas pestañas largas, enraizadas queriendo alcanzar el cielo y terminando por volver hacia tu vista. Esa vida que se quedó en el proscenio de nuestra historia, donde viven los hijos que nunca tuvimos pero que siempre pensamos. Supongo que, en ese tiempo pensarme sin una familia me era imposible.
A veces, siento que he vivido muchas vidas, una en la que el trabajo, la búsqueda por la seguridad de los míos y de mí misma me han envuelto. Donde el cansancio, el agotamiento nublan casi cualquier perspectiva de mejora. Otra donde mis pasos se pierden en senderos nuevos, en viñedos y cultivos de fresas a la orilla del Bosque Negro. Donde mis pasos me llevan al camino de Santiago y me detengo a tomar una oliva que ha caído de un árbol. Donde me detengo a escuchar el canto de los pájaros al salir el sol que ilumina un camino desconocido.
Esta vida, donde llego a un lugar solitario, una casa vacía, una cama donde mi silueta ha dejado una sola marca en el colchón. Esta vida donde no hay grandes fiestas decembrinas. Donde el silencio rompe, lastima, incomoda. Pero donde me siento libre.
A veces, solo a veces, quisiera regresar a la infancia, cuando los sueños parecían esperar únicamente a ser cumplidos, cuando la promesa era crecer para poder tomarte entre mis brazos y decirte que te amaba como lo habían hecho conmigo.
Me acerco al medio siglo de vida, y siento haber vivido ya varias vidas. He sido tantas mujeres distintas en tantas vidas que no siempre sé cuál de ellas tomó las decisiones que hoy organizan mi vida. ¿Fue acaso aquella que traicionó a la niña que jugaba con muñecas y creía que podía tenerlo todo? ¿O aquella que tomó decisiones de vida que le permitieron salir a flote?
Quizás ni siquiera podamos dar cuenta de nosotros mismos con la claridad que quisiéramos, como si un espejo pudiera devolvernos las respuestas a nuestras interrogantes. Judith Butler ha señalado que nuestra historia también está hecha de relaciones y normas que nos preceden. Y quizás Mead tenía razón al recordarnos que nuestro yo se constituye en relación con los otros, en un mundo que ya existía antes de nuestra llegada. Tal vez por eso me resulta tan difícil reconocer a la mujer que tomó aquellas decisiones: no estaba sola. Un mundo me antecedía, uno que me ofrecía tantas libertades como me imponía restricciones.
No, no fue fácil y no fue solo una decisión mía, ni de ellas. La sociedad ha cambiado tanto. Han sido tantos y tan dramáticos los cambios, tantos los deseos de ser y de multiplicarse, tantas las formas de explorarse y reinventarse, que medio siglo me ha quedado corto. Una sola vida nunca alcanza para ser todas las mujeres que podríamos haber sido.
Quizás falte mucho tiempo para aprender a contar las vidas que no ocurrieron, los desenlaces que se desdibujaron con el paso de los días. Los hijos que imaginamos, los nietos que no llegaron, las casas que nunca habitamos, los amores que no llegaron a envejecer con nosotros. Quizás las estadísticas puedan decirnos cuántos hijos nacieron y cómo ha cambiado la fecundad, pero no cuántas vidas imaginamos antes de convertirnos en quienes somos.
He sido hija, nieta, amante, estudiante, profesora, viajera. He sido la mujer que quiso quedarse y aquella que necesitó partir. Me acerco al medio siglo sin saber quién seré después. Y quizás, por primera vez, no necesito saberlo.
*Facultad de Psicología, UNAM

















