Ciudad de México, noviembre 1, 2026 07:58
Revista Digital Noviembre 2026

Honrar nuestro duelo

“Más allá de honrar al amor, Francisco Ortiz honra al duelo, esa experiencia que cada quien vive de manera distinta, tan exclusiva que no se puede compartir, pero sí acompañar”.

POR JUANA ADRIANA ROCHA

La memoria, el silencio, y los besos largos como paréntesis que encapsulan aquello que no se dice, aquello que no es posible explicar.

A través de estos tres elementos Francisco Ortiz Pardo nos conduce desde la primera persona a lo largo de una historia de amor, un viaje por el que todos, si hemos sido suficientemente afortunados (y desafortunados) transitamos por lo menos una vez en la vida.

“El amor es un combate perdido de antemano”, nos dice Frédéric Beigbeder en “El amor dura tres años”. Una de las obras que vino a mi mente al leer este libro.

Beigbeder explica cómo las sustancias que generan el enamoramiento tienen fecha de caducidad, y luego de ese periodo quedarse al lado de otro sería cosa de costumbre o de adquirir la capacidad para ahora sí aprender a amar, más allá de los estallidos de pasión, de la intensidad.

El narrador de este libro es más optimista al respecto, nos dice “yo pensaba que el amor era eso: la pausa después del vértigo, el instante en que la intimidad se vuelve natural sin perder su misterio”.

Pero nuestra pareja principal no tuvo la oportunidad de descubrir qué hay más allá de los fatídicos tres años. Y entonces, honrar lo que fue no significa para ambos lo mismo. Al esfumarse los besos largos le quedan al narrador el silencio y la memoria.

Le quedan también las palabras para reconstruirse y reconstruir a su amada Araida.

Las cartas juegan un papel crucial en la trama. Sea quien sea el destinatario, se envíe o no el mensaje, escribir una carta siempre es un soliloquio, un ejercicio donde nos volcamos, nos desdoblamos para entendernos mejor a nosotros mismos.

Escribe Jacobo Bergareche en “Los días perfectos”: “Solo tengo el lenguaje para embalsamar. Por eso me vas a permitir que te escriba esta carta que probablemente nunca te mande, me basta con saber que te estoy hablando, quiero escucharme un poco más hablando con esta voz que tenía para ti, la voz que tú hacías brotar”.

¿Por qué mencionar a Bergareche? Porque su novela, comparte con “Honrar nuestro amor” ese análisis de las relaciones a través de los recuerdos, análisis que permite reconocer a distancia lo que se idealizó, los errores, los aciertos, las frustraciones, el anhelo de que al menos en el papel trascienda lo que en su momento parecía absolutamente necesario, vital.

Y que ya no está.

Al recorrer las páginas del libro de Francisco, también vino a mi mente Orhan Pamuk y “El museo de la inocencia”, el relato de un hombre que reúne la mayor cantidad de objetos que pertenecieron al amor de su vida, un amor clandestino condenado a la fatalidad, que pretende mantener vivo en símbolos, un arete, un vaso, una colilla de cigarro. Para nuestro narrador, las jacarandas y las fotografías cumplen esa función, metonimias de su relación.

Las obras que he mencionado coinciden en un punto fundamental: el retrato de la amada a través de la mirada del amante. Como lectores, tenemos que confiar en esa versión de estas mujeres, descritas desde la más profunda pasión, el deseo, la magia de que las revisten. También somos espectadores de cómo esa perfección se desdibuja, se desmorona conforme tambalea el amor.

En la novela que presentamos hoy, conocemos a la Araida que busca su identidad, la Araida hermosa sin maquillaje, entregada, inteligente, libre cuando está lejos de las presiones sociales y su burocrática cotidianidad. Pero también conocemos a la Araida que cae en incongruencias, la indecisa, la Araida en constante lucha entre el deber y el ser.

Por otra parte, del narrador conocemos muy poco. No sabemos cómo luce, apenas se menciona a qué se dedica, mientras que desde las primeras páginas tenemos una reseña completa y detallada de quién es Araida. Pero al avanzar en la lectura comprendemos que el protagonista no podría estar más desnudo, expuesto y vulnerable, que dentro de su propia historia eligió situarse en la posición más difícil, escogió revelarse de adentro hacia afuera, desde las vísceras, desde la honestidad y apertura de sus reflexiones.

Esta novela tiene un plot twist que nos desvía del romance a la intriga política y nos da un golpazo de realidad.

La pandemia del Covid-19, la imagen que se nos mostró de los altos funcionarios a cargo de informar (y desinformar) al respecto, es pieza clave en la trama.

Ese amor entre el narrador y Araida que parecía intacto, suspendido en el tiempo, se contamina debido a dilemas éticos, morales, se ve amenazado por la corrupción que en

México se cuela hasta en los espacios más íntimos.

Como dicta el cliché, la realidad siempre supera la ficción, y todos lo comprobamos en 2020. Vimos nuestra cotidianidad, todos nuestros vínculos inmersos en el caos, sobreviviendo en medio de esa sensación de “el fin del mundo”. Me atrevo a decir que a seis años de distancia aún lidiamos con asimilar lo experimentado durante el confinamiento. Este libro es prueba de ello.

Entre la literatura que ha abordado el tema de la pandemia, predominan las antologías que reúnen crónicas y relatos en primera persona, predominan la introspección y los recuentos de las consecuencias del confinamiento. En “Honrar nuestro amor” encontramos un microcosmos devastado no solo por la amenaza del virus, sino por el aparato político mexicano; encontramos un escenario donde los protagonistas esperaban que el encierro los acercara.

Esta historia refleja una fragilidad e incertidumbre con la que todos nos podemos identificar, y que suma a la novela ingredientes que abonan a su originalidad e intensidad.

Más allá de honrar al amor, Francisco Ortiz honra al duelo, esa experiencia que cada quien vive de manera distinta, tan exclusiva que no se puede compartir, pero sí acompañar. En esta obra nos permite justo eso, acompañar al protagonista en ese viaje que nos deja un poderoso mensaje: “La memoria se vuelve hogar, no prisión. No queda vació, sino espacio”.

Esta frase bien podría funcionar como un mantra tras sobrevivir al desamor, a la pérdida, al duelo.

En su travesía, el narrador incluye la Ciudad de México, sitios de España, de Portugal, pero también menciona a Guanajuato como parte de los escenarios donde fue feliz. Ese detalle hace aún más especial la presentación de este libro. Estas calles y callejones siguen inspirando todo tipo de historias, y la que el día de hoy nos reúne, merece ser conocida.


*Texto leído en la presnetación de Honrar nuestro amor en la ciudad de Guanajuato, el 9 de octubre de 2026.

Juana Adriana Rocha Luna

Juana Adriana Rocha nació en Irapuato, aunque fue criada en Guanajuato capital. Estudió la licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad de Guanajuato. Actualmente es editora y guionista para Periódico Correo. Edita y escribe para el suplemento ‘Ocio Dominical’ del mismo medio, y es titular de la columna ‘El Reflector’. No abandona la ficción, que le ha valido publicaciones en ‘Tierra Adentro’ y antologías como ‘Lletraferits’ y ‘Guanajuato no te rajes’.

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