Ciudad de México, agosto 19, 2026 05:46
Mariana Leñero Opinión Revista Digital Mayo 2026

Aquello que permanece

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

“Con el tiempo entendí que no estaba coleccionando arte. Estaba coleccionando momentos en los que algo en mí se detenía”.

POR MARIANA LEÑERO

Desde que era niña, ir a un museo en mi casa era tan natural como ir al parque. También lo era acompañar a mis papás a subastas de cuadros con Raquel Tibol o viajar a Puebla para buscar antigüedades. Yo iba con ellos porque, siendo la más chica, no había mucho más que hacer conmigo. Mientras ellos miraban, preguntaban, elegían, yo me las arreglaba para no aburrirme.

Y así empecé a hacerme amiga de los objetos.

Les inventaba historias. Una mesa carcomida no era un mueble viejo, era un sobreviviente. La pulsera ennegrecida era un tesoro escondido. Sin darme cuenta, estaba aprendiendo algo que nadie me explicó nunca: que todo puede volverse tuyo cuando logras detenerte a mirarlo.

Durante mucho tiempo pensé que el gusto se enseñaba, que uno aprendía qué era bueno, qué era importante, qué valía la pena. Pero con los años entendí que el gusto también se hereda, aunque no de la forma en que uno pensaría. No en lo que te dicen que te tiene que gustar, sino en cómo ves a alguien detenerse. En cómo tu papá se queda un poco más frente a algo sin explicarlo. En cómo tu mamá toca un objeto como si tuviera memoria. Ahí empieza todo. No en la obra, sino en la pausa.

Creo que por eso, años después, cuando entraba a un museo, no me sentía intimidada ni necesitaba entenderlo todo. Solo buscaba lo mismo de siempre: algo que me hiciera detenerme. Frente a ciertos cuadros había algo que me atraía a quedarme un poco más. La luz, el color, una emoción, algo que no siempre se puede nombrar.

Y así llegaba el ritual.

Salir a la tienda del museo y buscar esa postal, la que por alguna razón quería que permaneciera conmigo.

Con el tiempo entendí que no estaba coleccionando arte. Estaba coleccionando momentos en los que algo en mí se detenía.

Las postales comenzaron a tapizar mi cuarto. Primero, una, pegada en la puerta de mi recámara, como los pósters de las bandas favoritas en el cuarto de cualquier adolescente. Luego otra, y otra, hasta cubrirla por completo. Mis papás miraban esa puerta con una mezcla de resignación y desconcierto, porque la verdad sí estaba un poco recargada. Pero también era evidente que ahí había algo mío. Cuando la puerta dejó de ser suficiente, las postales empezaron a ocupar las paredes del clóset. Mi cuarto, pintado de rosa mexicano, se volvió un collage entre lo que yo creía que era el arte y lo que, sin darme cuenta, ya me estaba formando. Era el lugar donde estudiaba y también donde escribía largas cartas de amor.

Me da tristeza no haber tomado fotos de ese cuarto, pero estoy segura de algo: su recuerdo permanece en mí.

Además de las postales de museo, empecé a guardar otras. Las que mandaban mis amigos, mis hermanas.

Hoy pienso que eran lo más parecido a los mensajes de texto: mensajes breves, a veces sin nada profundo, salvo el gesto de elegir una imagen y acordarse de mí. Cada postal traía algo de ellos. No solo del lugar en el que estaban, sino del momento en el que se habían detenido lo suficiente como para pensar en mí.

Había postales que no venían al caso: orejas de un burro, un edificio de quién sabe dónde, una escena religiosa completamente ajena. Pero incluso esas se quedaban. Porque al final no era solo la imagen, sino la señal de que algo de lo que habían mirado en ella  los había detenido.

Tal vez por eso las postales tienen algo tan particular. Son pequeñas, casi domésticas, pero cargan algo enorme. Una forma de traer un pedazo del mundo sin tener que entenderlo por completo.   

Recuerdo que en esas noches de juventud, cuando no podía dormir, miraba todas esas imágenes llenas de color. A veces las miraba como si fueran un espejo; otras, como si fueran ventanas hacia una historia que permanece. Mirarlas en silencio era una forma de completarlas.

Quizá por eso algunas se quedan, no porque las entendamos, sino porque nos sostienen una pregunta.

Con los años guardé todas esas postales en cajas. Se fueron conmigo cuando me casé. Más tarde cruzaron a Estados Unidos. A veces abría esas cajas, no para ordenarlas, sino para asomarme al recuerdo. Y volvía a mirarlas, otra vez, como si fueran un espejo; otras, como si fueran ventanas.

Al convertirme en mamá, encontraron otro propósito.

Por las noches, mis hijas elegían una postal y yo inventaba un cuento. Ellas escogían la imagen y yo tenía que construir algo a partir de ahí. No importaba si era una postal de Monet, que ya parecía traer una historia, o una de Miró, que exigía más imaginación. Muchas veces me quitaban la palabra y seguían ellas. Las postales dejaban de ser recuerdo y se volvían juego, historia. Algo vivo otra vez.

Recuerdo especialmente una postal: El beso de Klimt. Siempre fue mi favorita. Ricardo y yo la elegimos y la enmarcamos en un formato más grande. Ese cuadro permanece con nosotros: en cada casa, en cada cuarto, siempre cerca. Con el tiempo, también se volvió una de las favoritas de mis hijas. Y cuando la vimos en Viena, ya no era solo mía; era nuestra.

No fue descubrirla. Fue reconocerla.

Como encontrarte con alguien que ya conocías, pero en otra escala.

Ahí entendí algo que me había estado pasando desde hacía mucho tiempo. Que las imágenes también se heredan, no como objetos, sino como formas de mirar. Y tal vez eso era lo que yo había estado guardando todo este tiempo. No las postales, sino la experiencia de detenerse, de quedarse un poco más frente a algo sin entenderlo del todo, pero sintiendo que ahí había algo que importaba.

Aquello que permanece.

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