Ciudad de México, agosto 1, 2026 07:28
Revista Digital Agosto 2026

Hay vida –y mucha– después de los ochenta

“Estoy satisfecho –y por lo tanto tranquilo– por mi trayectoria de vida y mi trabajo en el periodismo, absolutamente valiosos ambos…”

POR FRANCISCO ORTIZ PINCHETTI

Pasada la marca de los 80 deberíamos ser considerados monumentos nacionales o algo así, y disfrutar de privilegios extraordinarios como héroes sobrevivientes de la vida.  Hemos sido capaces de acometer una hazaña extraordinaria, somo es evadir a la muerte mil veces a lo largo de ocho largas décadas. Imposible, claro está, recordar para enumerarlas todas las ocasiones en que hemos estado en inminente peligro y le hemos dado una larga afarolada a la huesuda. Lo justo sería, pienso, no solo la entrega de nuestra pensión de viejitos: deberíamos gozar de una vida sin preocupaciones ni carencias; una suerte de beca vitalicia que incluya garantías de vivienda, alimentación, salud, cultura, diversión; en suma un sistema de bienestar integral que asegure el desarrollo pleno y digno sin depender de las fluctuaciones del mercado.

La realidad, sin embargo, es otra. Y muchos tenemos que seguir en esta insólita brega de eternidad persiguiendo la chuleta y sobre todo soñando con un país ideal que cada día se nos escapa, diría el clásico, como arena entre los dedos.

Y como aquí se trata de contar vivencias y no de plantear ilusiones inalcanzables, les diré que, ya en serio, mi mayor preocupación es que mis hijos y mi nieta, a los que tanto quiero, celebren un día mi partida. Y es que cada vez que trato de explicarles lo que pienso acerca de mi muerte me interrumpen y no me dejan continuar.

Lo que quisiera decirles es muy simple: que estén seguros de que estoy muy conforme con mi vida, que siento haberla gozado a plenitud, que creo haber cumplido cabalmente con mis ideales, que al aceptar mis errores descargo mi conciencia y que por lo tanto el día en que me toque partir… “¡no te vas a morir!”, gritan al unísono como queriendo conjurar la posibilidad del final inevitable.

Y no es que sienta que ya me falta poco. Al contrario: en realidad, dejé atrás amenazas muy serias y ahora estoy sano y me siento con fuerzas y con ánimos para seguirle por mucho tiempo. Como un chamaco, palabra; pero quisiera, es mi anhelo, que ellos no sufran por mi partida, sea cuando sea.  Así que dejo aquí este testimonio para que lo sepan, sin poderme interrumpir.

Fuera de ese pendiente siempre presente, en lo personal no temo escuchar en el reloj de pared que me regaló mi padre el tic tac que marca el paso del tiempo. La verdad es que no me siento viejo, aunque la efeméride me contradiga. Es un hecho que nací en aquel octubre de 1944 como consta en actas, pero eso no significa que hoy sea un anciano a punto de cumplir los 82 años. No tengo dolencia física alguna, lo cual no es cosa menor. En cambio, tengo expectativas y de vez en cuando ilusiones por alcanzar. Superé el trauma de una operación inesperada. Tengo, eso sí, inevitables dolores espirituales, que sobrellevo de la mejor manera. Entre ellos, claro, la pérdida prematura de Becky, mi amada compañera de vida, hace cuatro años. Fue un golpe brutal, que he amortiguado al recordarla en plenitud todos los días y a partir de la convicción de que ella está bien y me espera allá, del otro lado. En estos últimos años sufrí también la partida casi simultánea de mis dos hermanos mayores, José Agustín y Humberto, quienes seguramente están con nuestros papás, lo cual finalmente me alegra. Quedan felizmente conmigo Margarita y Yolanda, mis hermanitas queridísimas.  

Tengo la dicha de poder abrazar a mis dos hijos, Francisto José y Laura Elena, a mi nieta Lua, de quienes estoy sinceramente orgulloso; y a mi querida ex esposa, Elena, con quien tengo ahora la fortuna de compartir momentos muy bellos.  Estoy satisfecho –y por lo tanto tranquilo– por mi trayectoria de vida y por mi trabajo en el periodismo, profundamente valiosos ambos.

Me entristece en cambio la situación del país. La destrucción que ha hecho esta gente, supuestamente de izquierda, de instituciones, logros y procesos que tanto han costado a lo largo de más de medio siglo. Como periodista, me tocó hacer mi parte: informar. Primero, reportero novato, dediqué mis esfuerzos a la denuncia de situaciones concretas de injusticia, explotación, miseria, sobre todo en áreas rurales. Después, en la crónica de los procesos electorales fraudulentos en las décadas de los setentas y los ochentas. Y luego, en la consignación puntual de loa avances y la transición democrática que culminó en el año 2000 con la alternancia en el poder. Finalmente he dedicado ya más de 20 años a este periodismo comunitario, de cercanías, que me abrió todo un nuevo mundo de posibilidades profesionales y humanas.

Aunque el panorama en ese sentido parece absolutamente negro, soy insólitamente optimista ante el hoy lejano advenimiento de una época de restablecimiento de los valores y las instituciones democráticas. Mal haría en no esperar tiempos mejores para mi nieta querida, que hoy empieza a caminar exitosamente por caminos profesionales.

En fin. A mis ochenta y dos casi, con Pablo Neruda confieso que he vivido… y lo seguiré haciendo. Y con Amado Nervo, declaro: ¡Vida nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!  

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