Ciudad de México, agosto 1, 2026 07:32
Revista Digital Agosto 2026 Salud

Delirium: el miedo ante una mente repentinamente alterada

Investigar pronto la causa puede reducir el sufrimiento, orientar el tratamiento y sustituir el miedo por un cuidado clínico más comprensivo.

Nadia Menéndez

«A veces, también, el delirium se apoderaba de mí en cuestión de segundos, incluso mientras escribía a mano». — Oliver Sacks (2015)

Una persona mayor ingresa al hospital por una infección, una cirugía o una alteración metabólica y, en cuestión de horas, deja de reconocer a su familia, habla de manera incoherente, percibe amenazas inexistentes o permanece inmóvil y somnolienta. Lo que puede parecer una pérdida súbita de la razón es delirium: un síndrome agudo e inestable que altera la atención, la conciencia, la percepción y la cognición.

Suele indicar una causa médica —como infección, deshidratación, dolor, falta de oxígeno, trastornos metabólicos, medicamentos o abstinencia de sustancias— y debe considerarse una señal de alarma. No es una consecuencia inevitable de la edad ni un trastorno psiquiátrico autónomo: es la manifestación de un cerebro sometido a una agresión que debe identificarse y tratarse con rapidez.

La medicina ha observado estados semejantes desde la Antigüedad, aunque los explicó mediante categorías muy distintas de las actuales. El Corpus hipocrático describió cuadros febriles con agitación, lenguaje incoherente, insomnio, somnolencia y escasa respuesta al entorno. La medicina romana añadió escenas de temor, huida, agresividad y rechazo de los cuidados.

Las categorías como phrenitis o lethargus se relacionaron con el trastorno y con el diagnóstico moderno; sin embargo, muestran que desde temprano se reconocieron tres rasgos centrales: inicio brusco, relación con una enfermedad corporal y variación de los síntomas (Adamis et al., 2007; Thumiger, 2023). También revelan que el episodio era angustiante para el enfermo y para quienes lo acompañaban, pues parecía borrar temporalmente la identidad conocida de la persona.

Durante siglos, las interpretaciones médicas coexistieron con explicaciones religiosas, morales y humorales. Esta diversidad condicionaba el trato recibido por el enfermo. Cuando la confusión se relacionaba con fuerzas malignas o con una falla moral, aumentaban el rechazo y la estigmatización; cuando se comprendía como consecuencia de la fiebre o de otro padecimiento corporal, era posible orientar el cuidado hacia la enfermedad subyacente.

El cambio decisivo ocurrió cuando la confusión aguda dejó de verse como una forma autónoma de locura y comenzó a entenderse como una respuesta cerebral ante una agresión fisiológica. Willis, en el siglo XVII, vinculó estos episodios con fiebre, intoxicaciones y otros padecimientos. Sutton describió en 1813 el delirium tremens asociado con la abstinencia alcohólica grave, mostrando que una sustancia o su retiro podían producir un síndrome mental agudo.

Delirium y delirium tremens, sin embargo, no son sinónimos: el segundo es una forma específica del primero. En el siglo XIX, Chaslin empleó el concepto de confusión mental para diferenciar los estados agudos de los trastornos psiquiátricos crónicos. Estas aportaciones prepararon el tránsito hacia una explicación fisiológica más sistemática.

En el siglo XX se consolidó la idea del delirium como una alteración funcional y potencialmente reversible producida por diversas causas orgánicas. Bonhoeffer sostuvo que infecciones, intoxicaciones y alteraciones metabólicas diferentes podían generar respuestas cerebrales semejantes. Engel y Romano (1959) lo definieron como un síndrome de insuficiencia cerebral, y Lipowski (1990) destacó su comienzo rápido, su curso fluctuante y la alteración de la atención y la cognición.

Esta formulación permitió diferenciarlo de la demencia: mientras esta suele progresar durante meses o años, el delirium aparece en horas o días y puede cambiar notablemente a lo largo de una misma jornada. Ambos trastornos pueden coexistir, y una demencia previa aumenta la vulnerabilidad ante infecciones, cirugía, hospitalización y ciertos medicamentos.

La detección clínica se volvió más sistemática con el Confusion Assessment Method, desarrollado por Inouye y colaboradores (1990). El método organiza la valoración alrededor de cuatro elementos: inicio agudo y curso fluctuante, inatención, pensamiento desorganizado y alteración del nivel de conciencia.

Su aportación principal fue mostrar que el delirium no siempre se manifiesta con agitación o alucinaciones. También puede presentarse de manera silenciosa, con somnolencia, lentitud y poca interacción. Por ello es importante comparar el estado actual con el funcionamiento habitual del paciente y preguntar a la familia cuándo comenzó el cambio y cómo ha variado durante el día.

Actualmente se distinguen tres formas clínicas. En la hiperactiva predominan inquietud, irritabilidad, alucinaciones, intentos de levantarse o rechazo de los cuidados. En la hipoactiva aparecen lentitud, somnolencia, reducción del habla y escasa interacción; por ello puede confundirse con cansancio, depresión o envejecimiento.

La forma mixta alterna ambos patrones. El cuadro hipoactivo es especialmente peligroso porque suele pasar inadvertido: el silencio de un paciente no necesariamente indica estabilidad, sino que puede reflejar una disfunción cerebral aguda (Wilson et al., 2020). Reconocer esta diversidad evita que la agitación se convierta en el único criterio para sospechar el síndrome.

El delirium se asocia con hospitalizaciones más prolongadas, complicaciones, caídas, pérdida funcional y mayor riesgo de deterioro cognitivo posterior. El tratamiento principal consiste en buscar y corregir la causa: controlar una infección, mejorar la oxigenación, corregir alteraciones metabólicas, tratar el dolor o revisar medicamentos potencialmente precipitantes.

A la vez, son importantes medidas sencillas y coordinadas: orientar con frecuencia al paciente, favorecer la movilización temprana, asegurar la hidratación y la nutrición, proteger el sueño, reducir ruidos innecesarios y facilitar el uso de lentes o auxiliares auditivos. La contención física o farmacológica no debe ser la respuesta automática, pues puede aumentar la desorientación y el miedo.

Para las familias, la experiencia suele ser desconcertante, inclusive traumática. Una persona conocida puede dejar de reconocer a sus hijos, acusarlos de querer dañarla o reaccionar con hostilidad ante procedimientos necesarios. Comprender que estas conductas provienen de una alteración cerebral ayuda a reducir la culpa y el enfrentamiento.

Conviene hablar con calma, presentarse cada vez que sea necesario, ofrecer información breve y repetida, recordar el lugar y la fecha, evitar discutir sobre percepciones irreales y comunicar de inmediato al equipo médico cualquier cambio repentino. La presencia de objetos familiares, fotografías o una voz conocida puede contribuir a disminuir la sensación de amenaza.

La historia del delirium es también la historia de una transformación. La persona confundida dejó de verse únicamente como alguien irracional o peligroso y comenzó a reconocerse como un paciente cuyo cerebro responde a una enfermedad. Cuando alguien pierde súbitamente la atención, se desorienta o cambia de conducta, el episodio no debe atribuirse sin más a la edad.

Investigar pronto la causa puede reducir el sufrimiento, orientar el tratamiento y sustituir el miedo por un cuidado clínico más comprensivo. Reconocer el delirium significa, en última instancia, proteger a una persona temporalmente incapaz de comprender lo que sucede a su alrededor y devolverle seguridad mientras se trata la causa que alteró su mente.

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