Ciudad de México, noviembre 2, 2026 13:28
Revista Digital Noviembre 2026

Escuchar, dialogar, escribir y volar

“Es como si el dejar en visto a los demás se hubiera instalado entre nosotros, junto con la trivialización de la indolencia”.

POR IVONNE MELGAR

En la medida de mis escasas posibilidades tecnológicas, trato de adaptarme a la cambiante vida digital, tan compleja como hegemónica.

Estoy lejos de adquirir la ciudadanía de la virtualidad desde el celular. Aún uso tarjeta para el transporte público, cajeros automáticos y dinero en efectivo; y entre un taxi de la calle y un carro de plataforma, siempre prefiero a los que ya se extinguen.

Por supuesto que recurro cotidianamente a la IA para preguntarle desde cuál es el mejor platillo de alguna ciudad y dónde probarlo, hasta confirmar quiénes son los consejeros que validaron en el INE la práctica del acordeón y de las boletas planchadas, pasando por la consulta de palabras, conceptos, personajes y situaciones que desconozco.

Y vaya que disfruto cuando la inteligencia artificial me devuelve una canción de la que apenas recordaba un verso.

Además, a estas alturas de la dependencia digital, no me gustaría prescindir de los consejos de Google Maps sobre las mejores rutas del transporte público o de los caminos a pie para llegar a un lugar.

Tampoco quisiera perderme la agradable rutina de despertar encontrándome en el WhatsApp el PDF de periódicos, ligas de notas, caricaturas y columnas; estar al tanto de cómo evoluciona el día, informativamente hablando; y comunicarme instantáneamente con editores, jefes, madre, hermana, esposo, hijos, amigos…

Hay sin embargo una sensación de déficit y pérdida cuando la convivencia digital, sus memes y distracciones coyunturales, diluyen la escucha auténtica y la profundidad en la conexión emocional.

Se me dirá que las conversaciones en modo chat son justamente para solventar en tiempo real asuntos diversos, en medio de la prisa que a todos nos envuelve, y que es de ilusos buscar ahí un intercambio auténtico. Concedo, sí. Y alerto que esos códigos quieren colarse a los encuentros presenciales, normalizando las voces que se sobreponen y el poco caso a comentarios y preocupaciones de los otros.

Es como si el dejar en visto a los demás se hubiera instalado entre nosotros, junto con la trivialización de la indolencia.

¿O es que después de la pandemia que consolidó los entramados digitales no pudimos quitarnos del todo el cubrebocas?

Cierto que con el confinamiento de los primeros años de la década crecieron los aparadores de las redes sociales y con éstos las posibilidades de socializar lo que vemos, comemos, consumimos, sentimos y pensamos. Es la vitrina de los monólogos.

Frente a esa paradoja, mis deseos se vuelven urgentes: tiempo, ánimo y atención para la profundidad en la escucha, en el diálogo y en el registro. Son aspiraciones de reportera y de la vida. Imposible escindirnos.

Son pendientes que el paradigma de la IA amenaza con devorar ahora que el mercado de la información reclama periodistas tiktokeros y especialistas en Chat GPT.

Deseos amenazados por la frágil atención de quien aspire a tener vigente su licencia en la galaxia de la digitalidad y sus incesantes notificaciones.

Y entonces sueño con dormir de corrido; escribir diariamente a mano, con pluma y sobre papel; disfrutar de la literatura, aún cuando sepa que hay una decena de series taquilleras esperándome; distinguir las novedades de las plantas y los árboles; platicar sin miedo al reloj, y sentir que la paz es posible en el entendimiento, la aceptación y la renuncia.

Porque si los vínculos humanos solo son posibles en la profundidad, el periodismo la necesita como el oficio indispensable que ha sido para la comprensión colectiva.

Importa la denuncia, la documentación y el registro de lo que nos enferma y debilita. Pero así como la política no puede degradarse reduciéndose a las artimañas para la destrucción del contrario, el periodismo requiere ser más que linchamiento y ring de polarizadas y polarizantes registros de lo que somos.

Son los pendientes de la reconciliación y la utopía de que, en medio de la sagacidad de los algoritmos y la IA que todo lo puede y todo lo quiere, la voluntad humana se imponga en la pausa para conmoverse con el dolor propio y ajeno, pronunciarlo y descubrir el sosiego en la comprensión.

Escuchar, dialogar, escribir y volar.

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