Ciudad de México, noviembre 2, 2026 13:20
Alcaldía Benito Juárez

El Panteón de Xoco: La trinchera pétrea de la memoria viva

El único camposanto de la Benito Juárez resiste en medio de los rascacielos.

Entre 5,500 fosas y leyendas revolucionarias, el pueblo originario guarda el pulso de su historia.

De la tumba de Belisario Domínguez a Francisco Sosa, una travesía por el refugio donde el sur no olvida.

STAFF / LIBRE EN EL SUR

Cruzar el umbral del Panteón de Xoco, sobre la avenida México-Coyoacán, es entrar en una grieta del tiempo. Mientras a unos cuantos metros retumba el tránsito implacable de Río Churubusco y se proyecta la mole inmensa de los rascacielos de Mítikah, adentro el aire cambia de temperatura: huele a humedad, a musgo antiguo y a estos días de flor de cempasúchil que se niega a marchitar entre la tierra removida por los años.

Este cementerio civil —el único que sobrevive y resiste dentro del territorio de la alcaldía Benito Juárez— no es un camposanto cualquiera; es el corazón latiendo de uno de los pueblos originarios más antiguos del sur de la Ciudad de México. Reconocido formalmente con la declaratoria de Patrimonio Cultural de la capital, Xoco guarda una memoria territorial singular: en diversos momentos de las reconfiguraciones político-administrativas del sur del Valle de México, tanto el pueblo como su emblemático panteón pertenecieron a la jurisdicción de Coyoacán, antes de quedar definitivamente integrados a la delimitación juarense. Xoco, cuyo nombre náhuatl evoca el “lugar del fruto agrio”, resguarda en sus aproximadamente 20,000 metros cuadrados cerca de 5,500 fosas que encierran el alma comunitaria de sus pobladores.

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Su origen moderno data de principios del siglo XX, en una superficie cedida por el comerciante e industrial de origen alemán Segismundo Wolff, un personaje clave en la configuración urbana de aquella época en las inmediaciones de Coyoacán. Desde entonces, este espacio ha permanecido bajo un estricto régimen comunitario y tradicional, íntimamente ligado a la vida religiosa y social de la cercana Capilla de San Sebastián Mártir. Al estar sobresaturado desde hace décadas, las pocas inhumaciones que llegan a realizarse obedecen a un riguroso derecho de herencia: solo descansan aquí los descendientes directos de las familias fundadoras que conservan títulos de perpetuidad históricos. Es un pacto de sangre y memoria que une a los vivos con sus ancestros generación tras generación.

Caminar por sus pasillos estrechos es tropezar con fragmentos esenciales de la historia nacional y la vida pública del México del siglo XX. Entrando por el acceso principal sobre la avenida México-Coyoacán (frente a la Cineteca Nacional) y avanzando por el andador central hacia el corazón del terreno, a la izquierda se halla la tumba de Francisco Sosa. El insigne historiador, poeta y periodista campechano, que inmortalizó su nombre en la célebre avenida coyoacanense donde habitó sus últimos años, rechazó expresamente la pomposidad de la Rotonda de las Personas Ilustres o los monumentales panteones de la aristocracia capitalina: prefirió la paz humilde de Xoco para reposar eternamente. Su sepulcro, una lápida sobria y modesta de piedra que conserva la dignidad de su descanso eterno y a menudo pasa desapercibida entre la maleza y los andadores de tierra, sintetiza el espíritu mismo de este rincón del sur.

Junto a él yacen las memorias de la educadora, feminista y revolucionaria Elena Torres Cuéllar —pionera del montaje de desayunos escolares en el país y colaboradora cercana de José Vasconcelos— y de figuras de la diplomacia y las letras como el diplomático e historiador Rafael de Zayas Enríquez, figura polémica del Porfiriato. A ellos se suman los restos del general revolucionario Everardo González, combatiente del zapatismo en el sur, así como distinguidas familias locales y benefactores de la zona, como el propio Segismundo Wolff y descendientes de las viejas sagas de constructores y canteros que dieron forma a los templos y haciendas de Coyoacán y Mixcoac. Entre sus andadores también se entrelazan las tumbas de maestros de la Escuela Nacional Preparatoria, músicos populares de la época posrevolucionaria y antiguos cronistas locales que prefirieron la paz de Xoco sobre la monumentalidad del Panteón Civil de Dolores o el Panteón Francés.

Sin embargo, la página más sombría y determinante que atestiguó este suelo ocurrió en la madrugada del 8 de octubre de 1913. Hasta este rincón conducen los trágicos pasos del senador chiapaneco Belisario Domínguez. Días antes, el valiente médico había pronunciado desde la tribuna del Congreso los discursos más feroces y frontales contra la usurpación y la tiranía del dictador Victoriano Huerta. Por orden directa del régimen, la noche del 7 de octubre de 1913, agentes huertistas lo sacaron con violencia de la habitación número 16 del desaparecido Hotel Jardín —un emblemático hospedaje levantado sobre los terrenos de la antigua huerta del Convento de San Francisco, en la esquina de la antigua calle de San Francisco y San Juan de Letrán (hoy Eje Central Lázaro Cárdenas esquina con 16 de Septiembre).

Subido a un automóvil en plena penumbra nocturna, el legislador fue trasladado hacia el sur hasta las inmediaciones del pueblo de Xoco. El vehículo penetró por el camino interno del cementerio hasta el sector norte del predio, junto al límite posterior de la barda perimetral que colindaba con las milpas. Ahí, al borde de una fosa clandestina que la policía del régimen ya le tenía cavada, fue fusilado a quemarropa. La leyenda urbana y el folclor político tejieron durante décadas el mito de que sus verdugos le cortaron la lengua para enviarla como trofeo a Palacio Nacional; sin embargo, la diligencia judicial y los peritajes forenses realizados en ese mismo costado norte tras la exhumación de sus restos en agosto de 1914 comprobaron que la muerte ocurrió estrictamente por impactos de proyectil de arma de fuego, demostrando que el único propósito del régimen fue silenciar físicamente una voz insumisa que la historia terminó por inmortalizar. Aquel rincón del panteón se conserva hoy en la memoria comunitaria como el punto exacto de su martirio cívico.

Día de Muertos en el Panteón de Xoco.

Hoy, la periferia del panteón se ha convertido en una galería de arte urbano donde los artistas locales y vecinos plasman en murales rostros, poemas y símbolos de su identidad, recordando los antiguos ecos de un suelo rico en manantiales y acequias que bajaban de la sierra. Atrapado en el contraste voraz de la modernidad juarense, el Panteón de Xoco resiste como un baluarte de resistencia cultural. Es el refugio donde el pueblo vuelve a ser comunidad cada dos de noviembre, cuando las velas disipan la penumbra y recuerdan que, por encima del ruido del asfalto y el cemento, la verdadera historia del sur de la capital sigue guardada bajo la tierra viva de Xoco.

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