Ciudad de México, agosto 1, 2026 08:13
Mariana Leñero Opinión Revista Digital Agosto 2026

Los canarios de mi abuela

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Isabel siguió siendo una mujer difícil de descifrar, pero yo ya había descubierto algo detrás de aquellos lentes de cristal de botella: junto a sus canarios, por momentos, dejaba de esconderse.

POR MARIANA LEÑERO

En San Pedro de los Pinos, parte de la familia Leñero vivía en la misma cuadra. Estaban juntitas mi casa, la de mi tío Armando, la de mi tío Luis y la de mi abuela Isabel, donde también vivía mi tía Esperanza. De todos ellos, había una persona que me intimidaba: mi abuela Isabel.

No recuerdo haberla llamado nunca abuelita. El ita salía volando cada vez que la veía. Siempre vestía de negro, con el cabello blanco, corto, lleno de esos chinos de permanente. Llevaba unos lentes gruesos, de cristal de botella, y un gesto serio. Yo le tenía miedo. No porque me hubiera hecho algo. A veces basta una cara demasiado seria y un beso recibido con el cachete duro.

—Saluda a tu abuelita —me decía mi mamá.

—No quiero. Cada vez que la trato de besar, se le endurece el cachete.

—Los cachetes no se endurecen —respondía mi mamá riéndose—. Tu abuela te quiere. Solo es muy seria.

Yo seguía convencida de que no.

Tendría cinco años cuando, por el trabajo de mis padres, le encomendaron cuidarme un par de horas después del kínder.  No me quedó otra que obedecer.

Mi memoria es borrosa, pero hay imágenes que permanecen intactas. Recuerdo entrar por la reja y caminar, cagada de miedo, despacito hasta las escaleras. Nunca me atrevía a tocar la puerta. Era una simple casa en San Pedro de los Pinos, pero en mi cabeza podía ser perfectamente una mansión embrujada.

Me quedaba sentada, esperando. Cuando mi abuela descubría que estaba ahí, me invitaba a entrar. Yo decía que no. Ella tampoco insistía. Al poco rato regresaba con un plátano o una naranja. Nada de sándwichito cortado en triangulito con un vasito de leche, como una imagina que hacen las abuelitas. Solo fruta y silencio.

Hasta que un día me preguntó:

—¿Quieres conocer a mis pajaritos?

Me tomó de la mano y la seguí.

En el patio de atrás había jaulas. Muchas jaulas. Llenas de canarios. Algunos eran de un amarillo tan claro que parecían hechos de mantequilla; otros, de un amarillo intenso. Había copetones y otros de un naranja brillante que parecían pedacitos de sol. Cantaban sin parar. Nunca había visto tantos pájaros juntos. Me fascinaron.

Me acerqué a una de las jaulas.

—¿Y si salen a volar… regresan?

Mi abuela me miró con naturalidad.

—No salen a volar.

Sentí un pequeño nudo en el estómago. ¿Cómo podían ser felices si nunca volaban?

Y aun con aquel descubrimiento, que para mí era casi trágico, empecé a esperar con ansia los días en que me dejaban a su cuidado para correr al patio de atrás. Ahí conocí otro mundo. Y, sobre todo, conocí otra Isabel.

Mi abuela me enseñaba los nidos donde nacían las crías, las pequeñas tinas donde se bañaban y cómo distinguir a los machos de las hembras. Limpiaba las jaulas, cambiaba el alpiste y cuidaba especialmente a las parejas que tenían huevos. Mi primo Armando recuerda mejor que yo la hazaña: llegó a tener cerca de treinta canarios. Cada mañana los sacaba al patio y por la tarde volvía a guardarlos debajo de la escalera, cubriendo las jaulas para protegerlos del frío.

Aquellos pájaros eran todo un acontecimiento en la vida de mi abuela. Y mientras los cuidaba, ocurría otro.

Detrás de aquellos lentes de cristal de botella aparecían unos ojos cristalinos que brillaban. No como los de una anciana. Como los de una niña. Era la primera vez que veía a mi abuela sonreír sin sonreír. Junto a sus canarios, la mujer seria vestida de negro desaparecía por un rato.

A partir de entonces mi abuela dejó de darme miedo. No es que hubiera logrado entenderla. Isabel siguió siendo una mujer difícil de descifrar, pero yo ya había descubierto algo detrás de aquellos lentes de cristal de botella: junto a sus canarios, por momentos, dejaba de esconderse.

Muchos años después, cuando mi papá estuvo enfermo y pasábamos largas horas juntos en el hospital, me contó más sobre su madre. Entonces descubrí que la infancia de Isabel se parecía más a uno de aquellos cuentos originales de los Hermanos Grimm que a las versiones que después nos suavizaron para que los niños pudiéramos dormir tranquilos.

Isabel perdió a su mamá cuando apenas tenía seis años. Su padre, un militar de alto rango, volvió a casarse con una mujer que, según mi abuela, se parecía a la madrastra mala de los cuentos infantiles. Después se fue con su nueva esposa. Para Isabel y su hermana Manuela la explicación era sencilla: su padre las había abandonado.

Quedaron al cuidado de la tía Irene en una gran casona de Tacubaya que todavía conservaba los restos de otra vida: muebles y enseres de lujo, vajillas, lámparas, adornos de porcelana y hasta una mesa de billar. Pero llegó “la bola”, como mi abuela llamaba a la Revolución, y con ella la pobreza. Poco a poco fueron vendiéndolo todo. Primero, un sofá, después, una lámpara, un escritorio, el comedor, la mesa de billar. La casa se fue vaciando mientras ellas pasaban hambre. Por las noches salían con los vecinos hasta las vías del ferrocarril, rumbo a Cuernavaca, para arrancar durmientes y convertirlos en leña. Una parte la vendían; con la otra cocinaban y calentaban la casa.

Cuando Isabel y Manuela alcanzaron la edad suficiente, comenzaron a trabajar como dependientas. Salían temprano, iban a misa y abordaban el tranvía amarillo de Tacubaya. Y fue precisamente en uno de esos tranvías donde apareció Vicente.

Mi abuelo la cortejó durante meses. Le recitaba poemas de Amado Nervo, le escribía papelitos de amor y tenía la habilidad de bajarle del cielo las estrellas. Isabel se enamoró de él. Se casaron y tuvieron seis hijos.

En aquellas conversaciones del hospital mi papá también me habló de ella como madre. Me contó que su mamá los cuidaba, estaba pendiente de su salud, los llevaba al médico y al dentista, pero guardaba en secreto sus sentimientos como si fueran a gastarse.

Quizá eso era Isabel.

Una mujer que sabía cuidar mucho mejor de lo que sabía acariciar.

Y entonces aquellos canarios volvieron a tener sentido.

De niña me parecía terrible que no pudieran volar. Hoy sigo sin saber si eran felices ahí dentro. Pero entendí algo que aquella niña de cinco años no podía saber: mi abuela hacía con ellos lo que sabía hacer. Los alimentaba, cuidaba sus crías y, cada tarde, los protegía del frío. Isabel parecía vivir hacia adentro, en un lugar al que no siempre era fácil entrar.

Cuando yo llegué a su vida, Isabel ya llevaba setenta años viviendo la suya. Ella nació en 1900. Yo, en 1970.

De niña, esos setenta años no significaban nada. Ella simplemente era vieja y yo simplemente era niña. Mucho después entendí una de las cosas más extrañas de la vejez: desde afuera parece una sola edad, cuando por dentro contiene todas.

Los años siguieron pasando. Entré a la universidad, me enamoré y decidí casarme. Mi abuela Isabel tenía noventa y cuatro años y ya no podía ir a mi boda. Pasaba mucho tiempo en su cama. Seguramente le dolían las piernas, la espalda, los huesos. Nunca hablaba demasiado de eso. La vejez se presenta bonita en los cuentos. En la vida diaria pesa.

Cuando fui a contarle que me casaba, se disculpó porque no podría acompañarme. Le prometí que iría a verla antes de irme al altar.

Y fui.

Entré por la misma reja que tantos años antes había cruzado cagada de miedo. Esta vez no me quedé sentada en las escaleras esperando a que alguien descubriera que estaba ahí.

Abrí la puerta y entré triunfante.

Mi abuela Isabel estaba esperándome en la sala. Me acerqué y entonces hizo algo que jamás olvidé.

Me acarició la cara.

No recuerdo que lo hubiera hecho antes.

Su mano pasó por mi mejilla con una suavidad que todavía hoy se parece al aleteo de un canario. Después me dio un beso. No dijo mucho. No hacía falta.

Detrás de sus lentes volví a encontrar aquellos ojos cristalinos que había descubierto tantos años antes en el patio de atrás. Y por un instante no vi a una anciana de noventa y cuatro años.

Vi a mi abuelita.

La misma cuyo cachete, según mi mamá, nunca se había endurecido.

Quizá tenía razón.

Mi abuelita Isabel llegó a vivir casi un siglo.

Yo tuve la suerte de encontrarla.

Fue en el patio de atrás, entre treinta jaulas llenas de amarillo, el día que una mujer vestida de negro tomó de la mano a una niña que le tenía miedo y le preguntó:

—¿Quieres conocer a mis pajaritos?

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