Mi abue y casi cien años de viento
Foto: especial.
“Mi abuela vio partir a mucha gente. Después de la tía Tere, vio partir a sus tres hijos, mis tíos. Sé que lloró su partida porque la vi frente a la estufa, calentando unas tortillas y café mientras tragaba en silencio unas pocas lágrimas…”
POR MELISSA GARCÍA MERAZ*
Mi abuela no fue hija única; tenía hermanos —eso creo, no sé bien cuántos eran—. Pocas veces habló de ellos, al punto que no recuerdo sus nombres. Sé que existieron porque solía hablar de sus sobrinos, y sé que era la menor porque le tocó quedarse sola con su madre cuando ellos ya habían partido.
Tenía también otros familiares: primas, primos, primos segundos y tías. En especial, dos de ellas habían sido muy cercanas: Chonita y Teresa. A las dos las recuerdo bien. Chonita vivía del otro lado de la Avenida Zaragoza, ya en Ciudad Neza; no sé cómo llegó ahí desde el pueblo, solo sé que estuvo muchos años en esa casa. Cuando mi abue ya no pudo ir a verla, me preguntaba: “¿podríamos ir a visitar a Chonita?” Yo le decía que sí, que trataría de terminar de trabajar para ir a buscarla, que intentaría recordar el camino. A veces lo recordaba; casi siempre era ella la que me decía por dónde ir. Fue así hasta que dejó de recordar el camino, el nombre, y dejó de mencionarla.
A Teresa la recuerdo más. La tía Tere —aunque en realidad no sé si era tía de mi abuela o quizás era un familiar lejano, pero hay un momento en los pueblos pequeños donde todos terminan siendo tíos—. Lo que sí sé es que, si era tía de mi abuela, era tía mía también. La tía Teresa era muy particular: muy delgada, de cabello muy blanco y largo. Quizás la conocí por unos veinticinco años, quizás más, pero siempre tuvo esa cabellera de nieve en mis memorias.
Eso es algo interesante: siempre que recuerdo a mi abue, la recuerdo como una abuelita. Cuando nací no tenía el cabello tan cano, ni era tan delgada, pero llevaba siempre su mandil puesto. Había llegado un momento en su vida en el que se había cansado de trabajar fuera del hogar. Lo había hecho desde los nueve años en un mercado popular y, quizás, desde mucho antes en la vida familiar. Había decidido encargarse de la casa y del cuidado de mi hermana y de mí para que mi madre pudiese trabajar. Por eso la recuerdo así: preparando el almuerzo, recordándome la hora de la comida, instándome a que terminara la tarea. Basta decir que mi abuela vivió cien años —bueno, noventa y nueve años con algunos meses—. La tía Teresa también rondaba esa edad, difícil saberlo porque no tenía acta de nacimiento.
Cuando crecí, como muchos, me fui de la casa de mi abuela y mi madre. Viví unos años en la ciudad de Pachuca, aunque regresaba los fines de semana a visitarlas, siempre religiosamente. En esos años —en realidad ya me es difícil recordar cuándo— la tía Tere se quedó sola. No sé qué pasó, no sé si tuvo hijos o nietos, pero estaba sola. Siempre andaba con unos vestidos largos de tono pastel y un mandil con las orillas cubiertas por un encaje blanco. Delgada como una muñeca muy frágil. Mi abuela un día dijo que vivirían juntas. La tía acomodó una cama en la misma recámara de mi abue y salían juntas a dar la vuelta por la colonia. Empezaron a compartir todos los días. Mi abue le decía: “mana” o “manita” y, a veces, me decía que era su hermana. Creo que empezaron a ser cómplices, convencían a mis tíos de que las llevaran al pueblo.
Quizás Marcela Lagarde tiene razón cuando dice que las mujeres mexicanas sostienen generaciones enteras. Pero pocas veces nos preguntamos quién las sostuvo a ellas. No es casualidad que las dos terminaran juntas.
A mí también me decía que la llevara para allá pero yo no crecí en el campo; me esforzaba por llevarla y estar en esa pequeña casa donde no había nada más que un cerro, algunos chilitos de biznaga y algo de pulque. ¿Quién podría culparme? Aunque mi abuela materna tenía profundas raíces indígenas y campesinas, su expulsión hacia la ciudad y mi nacimiento en el asfalto me cortaron de raíz el sentimiento de pertenencia que a ella la embargaba.
Uno de esos días, cuando andaban por el pueblo, la tía Teresa enfermó. Dicen que fue algo que bebió o comió; esa misma tarde murió. Mi abuela no lloró; simplemente me dijo: “La voy a recordar, siempre. La tomaba de la mano y le decía: ‘Vamos manita, te voy a comprar un helado y nos vamos a sentar en la banca que está a la vuelta‘. Siempre me dijo que sí, siempre se comía su helado con una sonrisa”.
Mi abuela vio partir a mucha gente. Después de la tía Tere, vio partir a sus tres hijos, mis tíos. Sé que lloró su partida porque la vi frente a la estufa, calentando unas tortillas y café mientras tragaba en silencio unas pocas lágrimas. Creo que nunca me pregunté por qué no lloraba en público, por qué no pedía un abrazo o cobijo, por qué mostraba una fortaleza que no es común. Mi abuela era fuerte. Siempre la vi como mi abue, pero sé que fue una mujer joven y hermosa, con ánimos y valentía; una mujer que escapó de su pueblo a los 9 años, huyendo de un matrimonio forzado. Su madre la ayudó a escapar y ninguna de las dos mostró lágrimas en la despedida: la vida misma les enseñó que la fortaleza era lo único que podían mostrar para no ser devoradas en vida.
No sabía cómo se vivía la madurez; supongo que crecí pensando que la vida era semejante a encontrarse con los problemas y salir adelante. Mi abuela decía que lo importante era el trabajo digno: comer aunque fuese frijoles, pero siempre dignos.
Supongo que también, por la forma familiar, siempre la vi como una abuela, siempre como un cobijo, pocas veces como alguien que necesitase el cobijo y no siempre quien lo ofreciese. Quizá Simone de Beauvoir tenía razón cuando advertía que la vejez termina por borrar a la mujer detrás de la figura de “la abuela”. Durante muchos años pensé que la mía había sido eso: mi abue. El pilar de la casa. Solo cuando crecí comprendí que también había sido una joven hermosa, trabajadora, enamorada, migrante y sobreviviente de casi un siglo.
Cuando avanzó su camino por la vida y dejó de ser tan independiente, iba a su casa y la llevaba al mercado; caminábamos un buen rato y regresábamos a tomar café. Un café soluble que no me gustaba, pero que bebía gustosa mientras ella me narraba su vida, sus historias, su pueblo, sus desamores.
Mi abue nunca hablaba de “hacerse vieja”. Nunca me dejó llamarla Amalia, ni Amalita como le decían sus hijos: ella era abue o abuelita. Hablaba del viento, del desamor, de la lucha por sobrevivir en una ciudad que intentaba atraparla todo el tiempo. De cuando cantaba en las carpas, de cuando conoció a Clavillazo y él le pedía que le cantara, o de cuando la escondían en su pueblo bajo los charcos de lodo al final de la Revolución para que los revolucionarios no se la llevaran. De cómo aprendió a secar las cosechas para comerlas cuando estuviese escondida. De cuando tuvo que defenderse a golpes de una compañera de trabajo abusiva. Así era ella: fuerte, hermosa.
La madurez llega, pero no todas la vivimos de la misma manera. A veces es difícil identificarla; otras, narrarla. Mis padres no vieron el siglo llegar, la enfermedad se los llevó antes.
Hace unas semanas, en un país extranjero, al cruzar una calle sola, al correr por un sitio turístico extravié mis pasos, confundí mi memoria, perdí mis cosas. El cansancio, la enfermedad, el agotamiento me abrazaron como nunca antes. Parada ahí en un lugar extraño, sin reconocer el rumbo, con solo un vacío frente a mis ojos, sentí el peso del tiempo. Durante unos segundos sentí un miedo nuevo, el de desconfiar de mí misma.
Hoy, por primera vez, veo mi propia cabeza ceder a la tinta gris.
Veo mis ojos inclinarse con peso hacia la tierra.
Siento a mi mente confundirse en una calle que de pronto se vuelve extranjera.
La veo nublarse, dudando por un instante de dónde estoy o qué estoy haciendo.
Camino con miedo e incertidumbre
Y en ese pestañeo, finalmente la entiendo: ella llevaba casi cien años caminando, incluso cuando el mundo dejó de ser un lugar conocido.
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*Facultad de Psicología, UNAM















