Ciudad de México, agosto 1, 2026 07:33
Ivonne Melgar Opinión Revista Digital Agosto 2026

Desde el sexto piso

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

¿Es bendición o es peligro jubilarse? Depende del viajero y de sus todavía pendientes boletos del tren. 

POR IVONNE MELGAR

Con cariño y gratitud para Gerardo Galarza, en la celebración de su vida… Que es también el festejo del periodismo, de la amistad y del vuelo que las palabras compartidas toman.

Más que al espejo que inevitablemente nos devuelve nuevos y crecidos surcos, le temo a la acumulación de huecos y cicatrices que ya marcan la biografía que seremos.

Porque la veintena de miles de días concedidos pesan como la conciencia de saber que el cuento de la plenitud otoñal caduca, sin viñetas de fecha límite ni señalizaciones de riesgos.

Y es que, una vez que ingresamos en el sexto piso, el volado de la vida cae en sol y roza en águila, simultáneamente, y rueda en el filo de esa frontera donde lo que duele es también lo que nos regala el vuelo.

Es cuando el pensamiento binario que alguna vez nos envalentonó con un me voy de aquí o el tajante este es mi destino, se exilia en el cajón de los recuerdos, porque todo se torna relativo.

Sucede así, a estas alturas de la biología, cuando el adverbio depende toma el protagonismo de las vueltas en U, de los abogados en un juicio penal, del hacha en el bosque y de los espejismos en el desierto.

Esa es parte de las moralejas que desde la terraza del sexto piso lucen como ola que de frente nos embiste y a la distancia resalta el paisaje; la reiterada conclusión de que lo que más anima también puede tirarnos.

Así lo contó, en CCH Sur, el maestro Francisco Covarrubias: la mano que cura es la que mata y, en Ciencias Políticas y Sociales, la convocatoria al nirvana del justo medio provino de la enorme María Luisa Castro.

¿Daña el café en exceso? Depende de la profundidad del gozo que el abstemio perdería al dejar de tomarlo. ¿Es bendición o es peligro jubilarse? Depende del viajero y de sus todavía pendientes boletos del tren. 

Sí, con el asomo de la vejez, las respuestas dependen del momento y de las posibilidades que cada uno tiene para mandar de vacaciones los consejos de cómo retrasar la llegada del invierno…

Descanse mucho, coma ligero, con poca sal, 0 azúcar. Huya del estrés. No consuma alcohol; jamás fume. Olvídese de las preocupaciones, respire hondo; inhale, exhale. El ejercicio es obligado; manténganse activo. 

Apague su agitado pensamiento, medite, practique el desapego, cante, rece a coro, confíe, tenga fe, no refunfuñe, cancele sus obsesiones, olvide el pasado que atormenta, desatiéndase del futuro que aún no existe.

Y en cada dictado de cualquier manual de aprenda a envejecer bien, digo depende… Porque para dormir mucho y delicioso, nada mejor que una cena cargadita en carbohidrato, vino y remembranzas musicales.

Se me dirá que esos incentivos son explicables en organismos mal educados como el mío, con tanto kilometraje en parrandas de viernes, brindis navideños, horas del amigo y baile karaoke madrugador.

En mi defensa, aclaro que los placeres de la distracción y la pachanga han sido siempre el cierre de intensas y fatigantes jornadas laborales que la fugacidad del oficio de reportero premia con la certeza del deber cumplido.

¿Cómo no añorar esas giras en que las máquinas de la sala de prensa iban apagándose, al tiempo que se prendía el plan donde los reporteros terminaríamos contando el tono y los detalles de nuestras notas?

Y ese era el tema de arranque: presumir que en el periódico nos íbamos de ocho, es decir, encabezando la primera plana; o que la cobertura del candidato, presidente o funcionario en cuestión abriría el noticiero.

Por supuesto que bienvenida la virtualidad y el seguimiento y registro en línea y el fin de los pools de prensa y la logística del extinto Estado Mayor Presidencial para los representantes de los medios.

Sólo quiero subrayar que, si origen es destino, madurar y envejecer para quienes nos formamos en la vorágine de la información ha tenido el acicate del adaptarse o morir; y la solemnidad que tienen los entierros de época.

Vaya que hemos atestiguado cómo se iban al museo de las reliquias más queridas desde las máquinas de escribir hasta las BlackBerry; las grabadoras y los casetes, el tocadiscos, los CD; el supuesto respeto del poder en turno a los representantes de los medios y la simulación de que los funcionarios debían rendir cuentas.

¿Miedo a la Inteligencia Artificial? Mucho menos que al cinismo de los censores. ¿Temor a que el periodismo valga un pepino? Terror a los ignorantes que se lo proponen desde el ejercicio abusivo de la fuerza del Estado. 

Como se habrán dado cuenta, va a estar complicado tomarse las cosas con calma, despreocuparse del entorno, seguirse de largo respirando profundo, soltar las penas y entrenar el desapego.

Es como negarse a pagar la cuenta. Y la nuestra, la de quienes nos hicimos con la libreta en mano, ha sido ésta de preservar la memoria de lo visto y vivido; activarla a la menor provocación, pronunciarla, sacarla de los archivos, ponerle veladoras y susurrarla, con huecos y cicatrices incluidas.

Mientras el mar de la incertidumbre luce esplendoroso desde el mirador del sexto piso, busco versos atormentados y agridulcemente cursis en la banda sonora de mis canciones preferidas, a la que ingresan a cuentagotas una que otra novedad, signo irrebatible de que ha llegado la hora de ir por mi credencial del INAPAM.

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