SALDOS Y NOVEDADES / Llegar a viejo
Foto: especial.
“Lo peor de todo es que al trance de la vejez se llega huérfano. No hay padre ni madre que te aconsejen, te corrijan o siquiera te acompañen…”
POR GERARDO GALARZA
No soy un “adulto mayor” porque nunca fui un adulto chiquito. Tampoco soy miembro de la “tercera edad” ni “persona en plenitud”. Soy, simplemente, un viejo porque ya viví 70 años.
Además del peso los años, hoy los viejos tenemos que soportar los insultos de la corrección política de una sociedad que se cree y se siente en deuda con los sus miembros de mayor edad y –desde antes—utiliza el diminutivo para mostrar “su cariño”: “abuelitos”, nos llama o, en otro caso, “viejitos”.
Viejo lo soy. Ni caso tiene discutir la edad y mucho menos ser botín de ningún gobierno ni de ningún partido político.
No soy un anciano, en la concepción de un ser inútil, dependiente, arrimado… Tal vez un día lo seré, Dios no lo quiera. Confío en que “los ángeles de la guarda den señales de vida”
En nuestras sociedades, la vejez no es ningún grado ni proporciona las oportunidades que se supone tienen los jóvenes (“adultos chiquitos”, según eso), los mayores de edad (“adultos adultos”, supongo), es simplemente según el nuevo lenguaje un “adulto mayor” que debe conformarse con su pensión como trabajador, si es que la consiguió, o la ayuda casi humanitaria de su familia que intentará aprovechar (en México) la “ayuda” bimestral del gobierno.
Nunca he sido un previsor real, pero siempre estuve atento a mis cotizaciones obrero-patronales (creo que así se dice) para tener derecho a una pensión. Siempre tuve muy claro que no iba a morir en mi lugar de trabajo y no porque lo amara, sino porque no iba a ser una molestia para mis compañeros de trabajo ni para la empresa que me empleara en ese momento. (Debo decir que desde 1978 a 2018, las empresas en las que trabajé todas –salvo una en la que estuve cuatro meses y oficialmente me asignó el salario mínimo— declararon el monto exacto de mis sueldos: Proceso, Notimex, El Universal y Excélsior).
Hoy, pensionado, debo decir que puedo comer tres veces al día, como Dios manda, y una o dos veces al mes ir y hasta invitar a las hijas o algún amigo, amiga, o compartir la cuenta con amigos a comer y beber a algún restaurante o cantina; además, claro, de pagar consultas médicas y medicinas porque ahora el IMSS está, digamos, saturado y sin suministros suficientes… cosas de la transformación de cuarta. (Me queda claro que aunque mi pensión no es “dorada” la mía no es una situación común para la mayoría de los pensionados y jubilados, pero no puedo ni debo martirizarme).
Y aunque se acepte, ser viejo no es fácil. La sociedad tiene rincones asignados para la mayoría de ellos, para quienes viven de su pensión o, en la mayoría de los casos, prácticamente de la caridad familiar. Los millonarios mayores de 65 años se cuecen aparte… durante toda su vida, son –dirán acá por la comarca—harina de otro costal.
Más allá de la situación económica, los viejos necesitan que alguien les envié una pelota para rematarla en una portería imaginaria o, más simple, de un abrazo que sin más signifique un “te quiero”, aunque sea anónimo; o de un automovilista, motociclista o ciclista que sin la obligación de respetar un “alto” se pare para que ese viejo cruce la calle.
Hay que decir de inmediato que los hijos y los nietos no están obligados a nada ni con nadie. Ellos tienen sus propias vidas, como son las de sus padres y sus abuelos. Cada uno y cada cual.
Hay que saber llegar, con dinero y sin dinero, según canta el tal José Alfredo. Y asumirlo.
Románticamente, la vejez es hora de cantar “A mí manera”, en cualquiera de sus versiones u otra canción similar, y los hijos y los nietos cantarán, quizás ya con lágrimas “de cocodrilo” en muchos casos, “Mi viejo”. Algunos más cosmopolitas tararean “Ahora que tengo 64 años” de The Beatles, en la voz de Paul McCartney. Y hasta aquella que le dedicaron a Clint Eastwood, que recomienda más o menos que “no dejes entrar la vejez”
Lo peor de todo es que al trance de la vejez se llega huérfano. No hay padre ni madre que te aconsejen, te corrijan o siquiera te acompañen. Hay que apañársela uno solo, sin ninguna experiencia, aunque se diga que se tiene el conocimiento. Hay que experimentar lo nuevo, como cuando se llegó a la primera juventud o a la madurez, y a veces ya sin el amigo en el cual confiar. Pero, la soledad también debe y puede ser buena consejera; es cosa de adaptarse.
Es cierto, la edad, la vejez, impone sus reglas y la mayoría de ellas van contra los viejos. Son como rejas de una cárcel, que deben de respetarse. Ni modo. Según sea el caso, hay necesidad de medirse diariamente la presión arterial, la glucosa, el ritmo cardiaco, la oxigenación, el peso… y tomar los medicamentos correspondientes. Y luego hacer exámenes clínicos cada seis meses de todas y, cuando salen fuera de rango mentir descaradamente, al médico y jurarle que se han seguido todas sus instrucciones y se han tomado todas medicinas recetadas y que son inexplicables esos resultados, producto de no seguir la dieta, de consumir grasas en exceso, azúcar, ron con Coca-Cola, pan y otros alimentos que nutren la glucosa, el ácido úrico, la creatinina, la bilirrubina, el colesterol, los triglicéridos y muchas otras decenas de ¿sustancias?, todas con nombre de asesino.
El médico se queda viendo y dice: “ok, siga con los medicamentos, la dieta y las instrucciones, y nos vemos en seis meses”. Sales contento, pero no confiado en que regresarás a los seis meses, y de inmediato te vas a comer y a beber lo que más se te antoja para celebrar otros seis meses… Merecido lo tengo, te dices en silencio.
Todo eso si se tiene la oportunidad de tener uno o varios médicos (cardiólogo, endocrinólogo, urólogo, nefrólogo, sin mencionar a otros como los oncólogos y hasta los oftalmólogos, entre muchos otros) que impone la vida moderna, sin necesidad de recurrir a –cómo debía de ser– la medicina pública. Y, sobre todos, no padecer alguna de esas enfermedades que “cariñosamente” les llaman terminales, cuando la palabra exacta para definirlas es mortal.
Todas esas vicisitudes son parte de llegar a viejo en este país y en otros, pero no es lo más importante, aunque lo sea.
El real problema es llegar a viejo y que nadie espera nada de ti, a menos que sea dinero. La inmensa mayoría dio lo que podía dar, dicen, a la familia, al trabajo, a la sociedad. Es hora de hacerse a un lado para dar paso a los que vienen detrás. Sí, tú también fuiste en algún momento parte de los que venían detrás. Es el ciclo de la vida humana, la nuestra.
Y bueno, el deterioro físico es notable e inocultable: ya no puedes correr, tampoco brincar; los dientes apenas si existen y hasta el pelo se te cae y pronto vas a tener que usar boina, gorra o sombrero, bajo el pretexto de que el sol o el frío están muy fuertes.
Peor aún, en el transporte público, por ejemplo, habrá quien se levante y ofrezca el asiento (el sentimiento es peor cuando lo hace una mujer), o en los establecimientos comerciales y farmacias aplican el descuento para “los adultos mayores”, sin necesidad de la credencial que certifica su vejez… Los viejos también tenemos cierto ego, poco o poquito, pero lo tenemos.
Y así, cantamos que somos un caballo viejo de la sabana, que sólo necesita dos aspirinas….
Cuando se llega a viejo se debe pensar en el presente, disfrutarlo, vivirlo: lo pasado ya pasó y no hay manera de modificarlo, y el futuro será lo que sea.
Entonces, no hay mejor consejo que encabezar la resistencia al peso de los años y al maltrato de la sociedad.
Para el final, como le canta Joaquín Sabina al poeta Ángel González, reconocer que morirse no es tan grave y lo mejor será agonizar “en voz baja, por cortesía”.















