EN AMORES CON LA MORENA / La verdad incómoda
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A las tentaciones autoritarias se responde defendiendo la dignidad de este quehacer, que es poco remunerativo cuando se hace honestamente pero llena de satisfacciones por saber que sirve más que aquello que hacen los “servidores” cobrando del erario.
POR FRANCISCO ORTIZ PARDO
En Libre en el Sur tenemos el orgullo de haber mantenido durante 23 años un récord poco común en los medios mexicanos: no haber sido desmentidos. No es que los aludidos no lo hayan intentado, sino que simplemente no han podido. La fórmula es tan complicada como sencilla a la vez: el rigor. Eso implica sacrificar muchísimas informaciones que, con cierta credibilidad, nos hacen llegar; pero cuando no están plenamente documentadas o el que acusa prefiere el anonimato, optamos por guardarlas. Algunas de ellas abordan temas medulares, como las ilegalidades en el desarrollo inmobiliario, la corrupción o la extorsión de políticos.
Ahora bien, cuando del lado contrario decidimos publicar algo, es porque tenemos los pelos de la burra en la mano, como reza el refrán.
Algo de eso ocurrió en la alcaldía Benito Juárez, cuando documentamos con fotografías tomadas por los propios vecinos la incongruencia —por llamarla de un modo suave— de elementos de la corporación BlindarBJ. En las imágenes aparecía la presencia de un franelero con prácticamente la cabeza metida en la ventanilla de una de las flamantes patrullas, en la calle de Manzanas, colonia Tlacoquemécatl del Valle.
El director de comunicación social de la alcaldía no se aguantó. Reclamó airadamente, levantando la voz por teléfono, bajo el argumento de que lo único que hacían los elementos era “platicar” con aquel sujeto: el cabecilla de un grupo que opera impunemente apartando lugares en la vía pública, a pesar de los supuestos rondines de la policía.
El asunto viene a cuento porque al poder nunca le ha gustado que los periodistas informemos. El mayor de los significados de esa alergia aparece hoy con la censura institucional que se pretende disfrazar de supuestos “derechos de las audiencias” desde los estrados del poder público. Pero larga es la ruta que llevamos transitando para provocar esa incomodidad, soportando los malos tratos de autoridades que ven el escrutinio como “ataques” o “golpes”, y no como la esencial obligación y el derecho sagrado que tenemos como periodistas de ejercer el oficio más hermoso del mundo, por emplear la clásica expresión de Gabriel García Márquez.
En este largo y sinuoso camino, no deja de sorprenderme que los gobiernos sigan creyendo que la información con los periodistas libres es negociable.
Lo que ocurrió tras nuestra publicación ilustra perfectamente esa soberbia. Aquel funcionario que pretendió dar una especie de revés —que jamás lo es para ningún periodista que se maneje con ética y acepte debatir con argumentos— advirtió con ínfulas que enviaría una “carta”, como si esgrimiera una lanza. La carta jamás llegó a nuestra redacción ni a un correo electrónico institucional; optaron por pegarla sigilosamente debajo de la nota respectiva en nuestras redes sociales.
Ignoro si desde esa vocería el servidor público en cuestión actuó así por espantarse con tremendo regaño de tal o cual superior a él, pero, como en nuestra labor no existe la mala leche, sino simplemente el rigor y el derecho inalienable de los capitalinos a conocer la verdad, por supuesto que teníamos los documentos con qué responder: unas fotografías del mismo franelero cargando tambos y apartando los cajones de estacionamiento a unos cuantos metros de donde minutos antes se le vio muy amablemente “platicando” con los policías.
No hubo más que decir. Queda, eso sí, el mal sabor de boca de constatar que los reporteros y editores seguimos estando a expensas de los caprichos del funcionario en turno. Aunque, viéndolo por el lado bueno, la famosa “carta” del burócrata ofendido logró lo que pocas veces: multiplicar exponencialmente la lectura de nuestra investigación.
El tema no distingue partidos políticos. Las mañaneras están llenas de mentiras, sí, pero también todo lo demás. Más chiquitas, más grandotas, pecados menores, afirmaciones, graves. Cierto que es que ninguna versión de Pinocho es igual. Desde hace años, los discursos oficiales nos han vendido la narrativa de un supuesto paraíso de bienestar ininterrumpido en la alcaldía Benito Juárez, respaldado por cifras alegres y comunicados triunfalistas que repiten hasta el cansancio que es la demarcación con mayor “Desarrollo Humano” del país. Nos presumen reconocimientos internacionales y podios de primer mundo como si fueran mérito propio de las autoridades en turno.
Sin embargo, nada del registro de ese desarrollo humano medido por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo radica en mérito alguno de los gobernantes locales. Si como establece el índice esta demarcación es efectivamente la que más aporta al producto per cápita, esa riqueza no se le retribuye a los ciudadanos con calles libres de la renta ilegal de espacios por parte de franeleros y sus cochupos con policías, ni con limpieza, ni con vialidades sin baches, ni mucho menos con el debido freno al desarrollo urbano desordenado y a la proliferación de vendedores ambulantes, que cada vez son más.
El asunto queda como una anécdota más, sin embargo, porque como ya he dicho no ha sido la única. Pero cuando desde el poder vuelve a ponerse de moda pretender censurar a la prensa libre, queda como algo importante poner estos asuntos con papel y tinta, abrirlos y no permitir que queden en la opacidad. A las tentaciones autoritarias se responde defendiendo la dignidad de este quehacer, que es poco remunerativo cuando se hace honestamente pero llena de satisfacciones por saber que sirve más que aquello que hacen los “servidores” cobrando del erario para tratar de tapar el sol con un dedo.
Eso es lo que nos ha ganado prestigio y credibilidad. Ni siquiera el número de lectores es tan importante para nosotros como la credibilidad. Y así nos conocen, desde la alcaldía BJ hasta la Presidencia. Si no fuese así, siempre lo he dicho, me pondría a vender tortas, que también es un trabajo digno.















