Frontera salada y oscura
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Foto: Inernet.
“El agua no entiende de territorios. Se mueve, se filtra, evapora y vuelve. Desciende de las montañas, atraviesa países, desemboca en mares que pertenecen, según nuestros mapas, a unos y a otros…”
POR NANCY CASTRO
MADRID. El agua es el principio de todas las cosas. Desde la antigüedad se conserva la certeza de que todo ser vivo necesita de ella para existir. Sin agua no hay cuerpo, ni semilla, ni memoria que pueda echar raíces.
Hace unos días apareció una imagen en el Mediterráneo: miles de chanclas y otros objetos flotando frente a la costa, junto a Ceuta en esa frontera trazada entre Marruecos y España. Una multitud de objetos sin dueño aparente, arrastrados por una misma corriente. El mar los había reunido allí.
Hay algo perturbador en esa imagen: el mar nunca ha puesto fronteras.
Quizá lo más interesante no sea que los antiguos buscaran explicaciones en el cielo, sino que nosotros sigamos haciéndolo…”
Las fronteras las hemos puesto nosotros. Hemos trazado líneas sobre la tierra, levantado vallas, establecido aduanas, decidido quién puede pasar y quién debe quedarse al otro lado. Incluso hemos convertido el agua en límite: una extensión que separa, una distancia que hay que atravesar para llegar a la otra orilla.
El agua no entiende de territorios. Se mueve, se filtra, evapora y vuelve. Desciende de las montañas, atraviesa países, desemboca en mares que pertenecen, según nuestros mapas, a unos y a otros. Una misma molécula puede haber recorrido lugares que nosotros consideramos mundos distintos.
El mar permanece; nosotros lo dividimos.
Hay una realidad detrás de esas imágenes: miles de jóvenes marroquíes, muchos de ellos en condiciones de precariedad y sin expectativas de futuro, fueron convocados a través de redes sociales. Células que se fueron desgranando en Facebook hasta reunir a decenas de miles de personas alrededor de una misma promesa: intentarlo. 72 mil llegaron a Ceuta como quien lanza una moneda al aire, confiando el resultado a la suerte, al azar, a la esperanza de alcanzar la otra orilla.
La magnitud de aquella movilización todavía se investiga. La start-up Golden Owl, vinculada al Parque Científico de la Universidad de Alicante, ha analizado la actividad de las redes sociales marroquíes para reconstruir cómo se propagaron las convocatorias.
Quizá por eso resulta tan poderosa la imagen de esas miles de chanclas flotando juntas. Objetos que, separados en tierra, pueden pertenecer a personas distintas, a edades distintas, historias distintas, sueños distintos; pero que en el agua pierden esas diferencias. El mar los arrastra, los mezcla, los devuelve, como si nos recordara que las fronteras son una construcción humana.
Ahora vuelve a circular por las redes sociales marroquíes una convocatoria para un nuevo intento de llegada a Ceuta el próximo 15 de agosto.
¿De verdad las migraciones pueden anunciarse en el calendario? ¿El miedo necesita de una fecha?
Hay otra fecha marcada en el calendario.
Apenas unos días antes, el 12 de agosto, millones de personas volverán la mirada hacia el cielo. El Sol desaparecerá durante unos minutos detrás de la Luna. Un fenómeno que la ciencia puede predecir con una precisión casi absoluta y que, sin embargo, sigue despertando algo antiguo en nosotros: expectación, temor, fascinación.
También el eclipse es una frontera.
Durante unos instantes, la Luna se interpone entre nosotros y el Sol. La luz queda suspendida. Algo que parecía inmutable desaparece.
Y ante esa oscuridad, como ante todo aquello que no comprendíamos, las culturas inventaron relatos.
Para los batammariba, al norte de Benín, en la frontera con Togo, el eclipse es la lucha entre el Sol y la Luna y, al mismo tiempo, una llamada a la paz. Para los inuit, Anningan, diosa de la Luna, y Malina, diosa del Sol, llegan al eclipse después de una batalla. En la mitología nórdica, el lobo Sköll persigue al Sol hasta devorarlo y provoca la oscuridad. Para los navajos, el eclipse forma parte de una ley cósmica que invita a detenerse, reflexionar y hacer balance.
Distintas culturas, distintos dioses, distintas explicaciones para un mismo acontecimiento. Todas intentando nombrar el desconcierto que sentimos cuando aquello que dábamos por seguro deja de serlo.
Hace unos dos mil 600 años, Tales de Mileto afirmó que el agua era el principio de todas las cosas. El mismo hombre que observó el cielo y estudió los eclipses a partir de conocimientos astronómicos procedentes de los caldeos. Desde entonces, los eclipses han quedado inscritos en la historia y en la literatura como señales capaces de alterar el curso de los acontecimientos. Heródoto y Plutarco los incorporaron a sus relatos de guerras y presagios.
Pero quizá lo más interesante no sea que los antiguos buscaran explicaciones en el cielo, sino que nosotros sigamos haciéndolo.
Seguimos buscando una señal cuando algo se oscurece.
Seguimos construyendo relatos cuando no podemos controlar lo que sucede.
Quizá porque necesitamos convertir en relato aquello que nos desborda: una sombra que atraviesa el Sol, una corriente que arrastra miles de chanclas, una multitud que se lanza al mar.
El cielo se oscurece y miramos hacia arriba.
El mar se mueve y levantamos la mirada hacia la frontera.
En ambos casos, algo se interpone entre nosotros y aquello que creemos conocer.
Y entonces contamos historias.
Quizá sea esa nuestra manera de atravesar las fronteras que no comprendemos: inventar un relato al otro lado.
Tales de Mileto dijo que el agua era el principio de todas las cosas.
Tal vez olvidamos que el agua también es aquello que las vuelve a mezclar.

















