Ciudad de México, agosto 1, 2026 09:01
Opinión Oswaldo Barrera

Al final del trayecto

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Gracias a esa experiencia con mi padre, así como con los de algunos amigos cercanos, hoy contemplo la vejez como un aprendizaje final que es compartido entre muchos, como una sola familia.

POR OSWALDO BARRERA FRANCO

Si con un vacío en el estómago recurro a la frialdad de las estadísticas y de los antecedentes familiares, es muy probable que se deba a que estoy por entrar al cuarto postrero de mi vida, aunque de forma optimista prefiero pensar que en realidad estoy arrancando el último tercio de ésta. Es decir, prefiero estirar la liga lo más que pueda en lugar de contemplar un escenario menos halagüeño.

Estos pronósticos aún son reservados, así que mejor me relajo y permito que el tiempo que me quede, ojalá dadivoso, transcurra como esté predestinado, eso sí, con cierta intervención de mi parte para echarle una mano, que tampoco se trata de confiar en la desidia y sus desagradables consecuencias a futuro, porque ya he visto cuáles pueden ser dichas consecuencias cuando uno no toma cartas en el asunto.

Así que, en lo que contemplo en mi reflejo las canas que cada vez ocupan una mayor superficie, al menos, y me recupero de una muy necesaria operación para que una imperceptible hernia umbilical no llegara a causar problemas cuando mi cuerpo ya no tuviera la capacidad de recuperarse igual ni tan rápido, confronto esa imagen en el espejo con la que tengo de quienes he visto envejecer y despedirse en los últimos años.

Por supuesto, el mayor ejemplo de aquella confrontación es mi padre, que falleció hace más de dos años y cuya falta se mantiene como una presencia constante para mi familia. El recuerdo de sus últimos años, hasta cumplir los ochenta, contrasta con el de la persona que conocí no como responsable de mis cuidados y autoridad incuestionable en la casa, sino como el adulto canoso desde joven y gentil que acompañó a mi madre durante más de cincuenta años, con quien crio a mis hermanas y a mí como mejor supo hacerlo, siempre presente cuando lo necesitamos y cuando, a su vez, nos tocó ver por él.

El contraste surge de la pérdida paulatina de capacidades que afrontó, así como del arribo de cambios caóticos y a veces exasperantes que lo abordaron a partir del accidente cerebro vascular que sufrió poco después de cumplir setenta y cinco años. Tuvimos que ver cómo se iba deteriorando, a pesar del cuadro positivo que mostró por un tiempo, hasta que, a raíz de la pandemia de Covid, el aislamiento forzoso contribuyó a un decaimiento más acelerado que, en menos de dos años, trajo consigo una merma física y cognitiva que nos lo fue quitando de forma inclemente hasta su fallecimiento.

Y a pesar de ello, acompañarlo en su vejez fue un privilegio, ya que me permitió resolver muchos pendientes que tenía con él y seguir admirando su sencillez y amabilidad, que incluso llegó a mostrar cuando el deterioro era más que evidente. Así, antes que cualquier reclamo o lamento, como luego los hay, hubo un perdón todavía a tiempo y un mayor acercamiento que hoy agradezco.

Pude verlo no como un padre enérgico, sino como uno que reconforta; como un compañero de trabajo leal y un docente dedicado hasta el último día que pudo dar clases en la Facultad de Economía de la UNAM, sin olvidar que también llegó a ser maestro de algunos de mis compañeros de la preparatoria; como un abuelo cariñoso y entregado con su única nieta; como una pareja fiel y constante que compartió la mayor parte de sus ilusiones y metas con su esposa. Pude verlo como la persona que, con sus defectos y virtudes, siempre se mostró tal cual era.

Gracias a esa experiencia con mi padre, así como con los de algunos amigos cercanos, hoy contemplo la vejez como un aprendizaje final que es compartido entre muchos, como una sola familia. Sí, puede traer consigo actitudes arrogantes y hostiles, miedos e inseguridades, pero también la satisfacción al transmitir un legado que ha sido nutrido con recuerdos y experiencias irrepetibles, y por ello invaluables.

Alguna vez, cuando era un niño pequeño, mi padre caminó a mi lado y a mi paso, sin dejar de estar atento a alguna caída o tropiezo. Muchos años más tarde, cuando me tocó cuidarlo, yo también aprendí a caminar a su paso, sin prisas, ya fuera para hacer un trámite bancario o durante una mañana tranquila por los rumbos de Coapa, donde vivió con mi madre por casi medio siglo.

Su voz acompasada, que se enredaba de vez en cuando con palabras a veces confusas para él, mantenía el mismo tono cálido, la misma cadencia que le conocí cuando platicábamos de algún tema en común y que, en contadas ocasiones, nos arrancaba alguna esporádica sonrisa. Hoy, aquellas charlas y su sonrisa austera y franca todavía están conmigo.

Luego, su andar se volvió cada vez más lento, más inseguro, pero algo tenía claro al caminar junto a él: mientras pudo, no me dejó caer y, cuando yo solo no encontraba la manera, estuvo ahí para ayudar a levantarme, con todo y sus canas, sus arrugas y su cuerpo cada vez más delgado y frágil que se iba consumiendo ante mis ojos. Y, cuando llegó el momento de despedirme, lo hice confiado de que todo lo que él tenía para darme, aun en su vejez y en su condición más vulnerable, lo hizo sin esperar nada a cambio y agradecido de haber sido amigo, esposo, padre y abuelo hasta el final del trayecto.

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